La hermandad perredista
Soy escéptico. Pienso que, a pesar de la decisión de Alejandro Encinas de permanecer dentro del PRD, la ruptura interna del partido es inocultable e irremediable, debido a que la estrategia de Andrés Manuel López Obrador rumbo al 2012 no admite vacilaciones. El representante de Izquierda Unida declaró que se trata de una decisión “estrictamente personal”, sin embargo, el que se haya tardado ocho días en hacer pública su determinación, y que ello haya ocurrido al día siguiente de su reunión con López Obrador, despierta ciertas dudas.
Para mí, la estrategia obradorista es clara: que Encinas no abandone el PRD, para no dejar al partido en manos de “quienes se han enquistado en su burocracia”; que Encinas renuncie a la Secretaría General —para cuidar dignidad y congruencia—, pero sin renunciar a las prerrogativas inherentes al cargo, que seguramente será ocupado por la compañera de formula de Encinas, Hortensia Aragón.
Paralelamente, López Obrador fraguó la disolución del Frente Amplio Progresista (FAP), con el propósito de dejar fuera al PRD de la coalición entre PT y Convergencia, para las elecciones de 2009. De esta forma, López Obrador mantiene un pie dentro del PRD y otro dentro del FAP, del mismo modo en que ha conseguido construir un movimiento social, que le da presencia política, además de servirle como presión y contrapeso dentro del ala parlamentaria perredista.
Lamentablemente, Encinas ha decidido convertirse en operador político de López Obrador, lo cual le resta verosimilitud a sus declaraciones, en el sentido de que conformará un movimiento nacional de rescate del PRD para “superar sus grandes defectos y vicios”. Menos creíble aún, resulta su afirmación de que salvar al PRD “no es asunto de personas”, sino de la pérdida del perfil ideológico del partido. Encinas está, ante todo, al servicio del caudillo, y los intereses de éste —como lo hemos constatado a los largo de estos dos años de confrontación política, después de una derrota no asumida— no siempre coinciden con los del partido.
Los ocho meses que transcurrieron de las elecciones del 16 de marzo al fallo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación en favor de Jesús Ortega, representan la crisis más grave en la historia del PRD, la cual —a decir del propio Encinas— no se resuelve, sino que se profundiza con la sentencia del tribunal.
El regreso de René Bejarano al frente del cínicamente llamado Movimiento Nacional de la Esperanza, apoyado por tres hermanos del impoluto señor López Obrador —José Ramiro, en Tabasco; Arturo, en Tlaxcala; y Pío, en Chiapas— no hace sino confirmar que las tácticas obradoristas para alcanzar la meta en 2012 están diseñadas con criterios sumamente amplios en materia de honestidad política.
Por tanto, lo único que se ha logrado es postergar una escisión abierta dentro del PRD, la cual seguramente se dará después de los comicios de 2009, una vez que las candidaturas presidenciales de las izquierdas se vayan conformando con mayor claridad, entre las que destaca la de Marcelo Ebrard, quien ha tomado inteligente distancia del obradorismo. Como lo escribió Ricardo Monreal ayer, en este espacio, un acuerdo coyuntural sería (es) meramente cosmético y “solamente pospondría la crisis de identidad política”.
Como resultado de este pragmatismo desmedido, lo que se vislumbra es un retroceso de al menos 27 años en el proyecto de unificación de la izquierda, que en 1981 dio uno de sus pasos más firmes con la fundación del Partido Socialista Unificado de México.
Al mismo tiempo, vemos a una izquierda indigesta de ambición, ayuna de ideas e ideales, sumida en el oportunismo y la demagogia, el canibalismo y el chanchullo, el dogmatismo y la intolerancia. Las izquierdas partidistas —PRD, PT, Convergencia y el autollamado Socialdemócrata— representan variantes de la herencia autoritaria, el caudillismo y el populismo. En todos ellos está ausente la reflexión y la autocrítica, al estar cegados por la voracidad y el apetito desenfrenado de poder.
Junto a estas izquierdas ancladas en el pasado, existen pensadores críticos —ajenos a la vida de los partidos y a los intelectuales orgánicos—, con verdadera vocación socialdemócrata e ideas acordes con los retos y realidades del mundo contemporáneo. Para salir de la podredumbre y mediocridad que abate a su partido, la rama civilizada del PRD debe escucharlos. Ahí, no entre sus siameses antagónicos, encontrará la mejor oferta electoral.
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