
Cuando la izquierda mea algo fuera del tiesto
Norberto Bobbio
17-01-2000
Dicho proyecto está dividido en cuatro partes. La última, interesante por los datos que ofrece, titulada Agenda Italia 2000, consiste en 40 parámetros referidos a la relación entre Italia y los demás países de la Unión europea. Se trata de una preciosa indicación de metas a alcanzar para colocar a Italia al nivel de los demás países. ¿Pero cómo?
La primera parte, titulada Los valores y los principios, perfila cuatro áreas de cambio respecto a las que la izquierda reformista debe formular sus objetivos de fondo: la igualdad, el puesto cada vez mayor de la ciencia y de la técnica en el futuro de la humanidad, la creciente divergencia entre el poder económico-tecnológico y el político, así como el cambio del escenario internacional tras el fin del sistema de bloques. A continuación, viene un repertorio de «opciones de valor», que se refiere a temas amplísimos (y no todos característicos sólo de la izquierda), que van desde el equitativo reparto de la libertad hasta la defensa del trabajo y de su dignidad, desde el equilibrio ecológico hasta la integridad del ser humano.
La segunda parte, titulada El presente como historia, aborda específicamente el problema italiano y le propone a la izquierda, que en el fondo es siempre un centroizquierda, nada menos que la obligación de construir una nueva clase dirigente, y como objetivo la formación de «un gran Olivo en el que viva una gran izquierda» que debería integrar, además de la cultura socialista, la católico-democrática, la laica, la ecologista y todo lo que pueda ayudar a la consolidación de la Unión europea.
Unión que hay que entender no como un superestado, sino como «una unión de Estados y de pueblos, que valore al máximo en su seno los poderes de las regiones, el papel de la ciudad, de las autonomías y de las tradiciones locales, dentro de la cual Italia necesita encontrarse consigo misma, dado que, el hecho de convertirnos en europeos no hace que dejemos de ser italianos».
La tercera parte, titulada Los proyectos, la más larga y comprometida, propone diez temas, elegidos a través de cuatro claves de lectura: una mayor participación femenina, las reformas institucionales, las reformas de la cultura y la ciudadanía en una sociedad multiétnica. En esta parte se afrontan problemas como el pleno empleo, la reforma de las instituciones, la frontera del saber y de la educación, el reequilibrio entre el norte y el sur, el autogobierno de los ciudadanos, la decadencia demográfica, la seguridad y la defensa de la legalidad o el medioambiente como riqueza y civilización. ¿Quién da más?
A mi juicio, habría sido más útil concentrar la discusión sobre el tema que hoy es propio de la izquierda, en oposición al hiperliberalismo de la derecha: la relación entre Estado y mercado, entre esfera pública y esfera privada. Un tema que, entre otras cosas, puede condensarse perfectamente en la fórmula, propuesta por Ruffolo y citada al principio, del «Sí a la economía de mercado, no a la sociedad de mercado». ¿Pero cuáles son las reglas, las instituciones y, en general, la estructura de una sociedad que no sea esclava del mercado? Cuando se lee que la «convicción de la izquierda reformista es que la economía de mercado se equilibre a favor de la solidaridad social, de la ecología, de la integridad de las personas, del bien común, del primado de la política como instrumento de opciones colectivas racionales y del papel activo y consciente de los sujetos sociales en la resolución de conflictos», no siento dificultad alguna en estar de acuerdo con la afirmación de que «tales elementos contraponen claramente la izquierda a la derecha». Es en este punto concreto donde el problema de la relación entre la derecha y la izquierda se aleja y, al mismo tiempo, se precisa. La izquierda tiene que defenderse de la acusación de estatalismo. El problema de la relación entre derecha e izquierda, se torna, con razón o sin ella, en el tema de la relación entre Estado y mercado, (menos Estado y más mercado o viceversa), entre la mayor o menor presencia de la esfera pública respecto a la privada.
Lo que siempre ha distinguido y distinguirá a la izquierda de la derecha es, por un lado, la afirmación de los límites del mercado, que son límites no sólo económicos, sino también éticos, así como la contestación de la teoría de la ideología de la mercantilización universal y, por el otro, una más ponderada valoración de la importancia de la esfera pública o, en palabras sencillas que no deberían escandalizar ya a nadie, de la intervención del Estado. Uno de los temas que cualquier gobierno de izquierdas tendrá que afrontar es el del cada vez más buscado desmantelamiento de los poderes del Estado.
El objetivo de cualquier futuro gobierno será privatizar. ¿Privatizar cuánto y cómo? ¿Qué hay que dejar en la esfera pública? ¿Puede la izquierda renunciar a esa conquista civil que es la Seguridad Social? ¿Y qué decir del servicio educativo nacional, que cada vez se discute más, como si el Estado detentara su monopolio, mientras la propia Constitución prevé el derecho de crear escuelas no estatales? ¿No salta a la vista la diferencia entre un auténtico monopolio estatal, como el de los tabacos, por el cual la venta libre de cigarrillos está prohibida y castigada como un delito? Pues lo mismo pasa por lo que respecta al reconocimiento del derecho a la salud previsto en la Constitución. ¿De qué monopolio se trata? No se le niega a nadie su derecho a abrir clínicas privadas, siempre que sea sin subvenciones del Estado. ¿No son éstos los términos de la discusión? Personalmente no veo dificultad alguna en la privatización, por ejemplo, de correos e, incluso, de los ferrocarriles, si no hubiese suscitado alarma lo que recientemente acaeció en Inglaterra.
La izquierda no puede renunciar a la exigencia de tutelar los derechos que sólo pueden salvaguardarse a través de la intervención pública. ¿Además, quién dice que la intervención pública tiene que ser siempre nefasta, por su propia naturaleza? Amartya Sen escribe: «Si tenemos en cuenta el aumento de la longevidad, el aumento de la duración media de la vida, por ejemplo, en Europa, vemos que se encuentra extrechamente relacionada con la intervención pública. Cometeríamos un error pensando que la intervención pública está destinada a no producir nada bueno».
Publicado en el periódico El Mundo
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