20 jul 2008

¿Hay alternativa al lamentable sistema de partidos?
Jorge Javier Romero
11-julio-07

Sin duda, las reglas que rigen el sistema de partidos políticos en México son muy malas. Las instituciones electorales que se fueron construyendo gradualmente a partir de 1977, con importantes resabios de la legislación diseñada para proteger la posición monopolista del PRI a partir de 1945, han generado un sistema de incentivos perversos en torno a la competencia electoral y a las organizaciones que concurren en ella.

Empero, los males que imperan entre los partidos políticos mexicanos también dependen de los mapas mentales de los políticos mexicanos, entre quienes domina una idea de lo que el pragmatismo político debe ser rayana en el oportunismo puro y duro —eso sí, envuelto en la demagogia discursiva más pedestre—.
Las instituciones formales que norman el funcionamiento e influyen la conducta de los partidos políticos mexicanos tienen como el primero de sus defectos el mecanismo de registro. Cuando fue creado el actual modelo lo que se pretendía era evitar los desprendimientos del PRI; por lo tanto, había que dificultar en extremo la creación de potenciales competidores.

El pacto fundacional del sistema de partidos restringido con posición abrumadoramente dominante del PRI, lo hizo el régimen con el incipiente PAN. Para poder participar había que cumplir con una serie de requisitos que en la práctica dejaban a la decisión arbitraria del régimen quién participaba. Había que hacer asambleas, en un país donde los grupos sociales con capacidad de movilización estaban encuadrados como clientelas o corporaciones en las redes políticas del régimen. Estas asambleas tenían que ser certificadas por jueces o notarios, donde unos y otros dependían de la arbitrariedad política de los gobernadores de los estados y, en última instancia, de la voluntad presidencial transmitida por la Secretaría de Gobernación.

Con ese sistema sólo entraron a la competencia restringida los partidos que el régimen permitió. El PPS, con un triste papel que apolilló los viejos trajes grises del que fuera líder obrero continental —Vicente Lombardo Toledano—; el PARM, válvula para repartir premios de consolación entre los leales al régimen con disidencias menores, y el PAN, que supo negociar su posición independiente sin pretender nunca enfrentar al régimen por otra vía que no fuera la electoral. Sólo el partido independiente sobrevivió a esa época de asfixia. Vino la reforma de 1977 y con ella un nuevo sistema de ingreso a la competencia. Ahora lo que importaba era tener actividad política comprobable a través de publicaciones, tener un programa, una declaración de principio y unos estatutos. La permanencia se lograba si se alcanzaba el 1,5 % de los votos. Con ello venía también una respetable representación electoral.

La competencia se abrió, aunque en un ámbito restringido. También entonces el partido que mejor aprovechó las reglas nuevas fue aquel que logró construir de mejor manera su identidad política. De nuevo sobrevivió el más independiente: el Partido Comunista Mexicano, cuyo registro y espacio político heredaron sucesivamente el PSUM, el PMS y, finalmente, el PRD. Las reglas fijadas en el pacto político de 1996 cerraron de nuevo el espacio de competencia, ahora a tres jugadores en condiciones de oligopolio. Para ello echaron mano de la fórmula añeja del registro basado en asambleas. El modelo forzado era el de partidos de masas en un país donde masas quieren decir clientelas dependientes de las dádivas a cambio de las cuales se movilizan. Con redes de este tipo se organizaron los partidos que obtuvieron su registro en enero de 1999. La mayoría de aquellas organizaciones buscaron el resquicio de supervivencia que les abría la posibilidad de formar parte de una coalición. Tres, sin embargo, se la jugaron por la libre. El único partido que estuvo a punto de sobrevivir entonces fue Democracia Social, de nuevo la organización que logró crearse una identidad novedosa e independiente.

De los partidos del sistema que se ha ido abriendo paso con las reglas vigentes, la inmensa mayoría sobrevive como satélites de los tres partidos grandes o negociando con ellos su identidad o sus propias redes corporativas. Casi todos ellos operan como lo hicieron el PARM o el PPS en los tiempos del régimen político protegido. Sólo Alternativa Socialdemócrata sobrevivió en el 2006 gracias a un planteamiento propio y una identidad independiente. Se demostró con la campaña de Patricia Mercado lo que ya había esbozado la campaña de Rincón Gallardo en 2000: que hay espacio en el electorado mexicano para un partido que se decida a hacer política de ciudadanos, con ideas e imaginación, y que renuncie a hacer la política aprendida por los políticos mexicanos durante las décadas de dominación priista. Hoy esa opción parece ser atraída por el sistema perverso de incentivos de las instituciones.

Sin embargo, si bien las reglas modelan los incentivos, las decisiones las toman personas de carne y hueso de acuerdo con sus mapas mentales, con sus ideologías. Y por desgracia, el presidente de Alternativa y su grupo no han sido capaces de deshacerse del priista que muchos mexicanos, la mayoría, llevan dentro. Su limitada perspectiva puede llevar a naufragar esta nueva posibilidad de política independiente. La opción de la dependencia puede, en cambio, redituar bastante en el bienestar personal de los líderes, como ocurre con los dirigentes de los pequeños partidos satélites, pero poco contribuiría a airear al corrupto sistema político mexicano, ni a crear una nueva opción para el electorado mexicano harto de la política del antiguo régimen.

Publicado en Crónica



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