26 oct 2008

El gusto por perder de AMLO

El gusto por perder de AMLO
Jorge Medina Viedas
26 0ctubre 08

No es noticia que al líder popular más conocido de México no le gusta ganar. Se confirma que su hábitat natural es la derrota. Así es Andrés Manuel López Obrador. La reforma petrolera adjetivada por contrariar la propuesta original del presidente Felipe Calderón como “descafeinada”, esto es, sin nada de la esencia reformadora y privatizante que el Presidente pretendía, se debe en buena medida a su movimiento político. Pero él, López Obrador, no quiere reconocerlo. Quiere más; si no, no. No debe extrañarnos esta actitud. Se conoce bien la historia: en las elecciones de 2006, gracias a su candidatura presidencial, la izquierda mexicana logró la votación más alta de su historia y se posicionó como una fuerza indiscutible en las cámaras legislativas. En menos de un año, ese capital político logrado lo ha venido dilapidando. Los millones de seguidores pasaron a cientos de miles y ahora se cuentan por miles. En Coahuila, en las elecciones de la semana pasada, el PRD prácticamente desapareció. Y no es que sus causas no tengan simpatizantes. Ni que la opinión pública (y publicada) no reconozca las razones morales y justas de su lucha. Lo que ocurre es que cada vez más personas discrepan de sus actitudes, de su obcecada y casi única estrategia de lanzar a las calles a sus seguidores, de alterar la vida de los demás con sus arbitrariedades, de insultar a sus adversarios, de sus propuestas demenciales, y de introducir en el de por sí nublado clima político y social del país mayores elementos de crispación. En el momento que gozaba de más credibilidad política obligó a sus legisladores del frente opositor (incluido el propio senador Carlos Navarrete, con el que mantiene discrepancias evidentes) a que reconocieran públicamente la condicionante de la movilización en su labor cameral, como una extensión de su estrategia. Quiso, después de su derrota, mantener paralizado al país. Pensaron, él y sus secuaces, como Porfirio Muñoz Ledo, derrocar a Felipe Calderón. Imagínese. Contagiados por esa desmesura, 50 de esos legisladores por cierto, se mantienen fieles a la orientación de continuar las movilizaciones contra la reforma y van a tratar —infructuosamente como puede preverse— de descarrillar los siete dictámenes ya consensados por todos los partidos, donde hay que contar a sus archienemigos de Izquierda Unida del PRD. Por su estrategia mal pensada y errática aguzó los sentidos de partidos como el PRI que se convierte, en los hechos, en el principal impulsor de esta reforma. Ha sido tanta su negativa, que por nimios que sean los cambios a la ley, éstos ya le son atribuidos. Más aun: sin que se lo propusiera, el ex candidato presidencial del PRI y actual senador, Francisco Labastida, en su calidad de presidente de la Comisión de Energía del Senado, se percibe como el moderador de los esfuerzos colectivos, dando tiempo y ritmos al proceso de la ley, y eso envía un mensaje que la sociedad capta y asimila. Se entiende que el mesianismo de López Obrador le proporciona la capacidad de soportar las críticas, pero además también la energía mental suficiente para seguir en su lucha y mantener sus estrategias. Sin quitarle ningún mérito al liderazgo social del tabasqueño, es cierto que cualquier político con un mínimo de sensibilidad, que a su discurso le adose expresiones contra la injusticia social y la desigualdad, es muy probable que acierte. No se puede negar. Que tal componente discursivo el perredista lo ha utilizado bien y esto es lo que lo mantiene hasta hoy políticamente fuerte y provocando escozor en el gobierno panista. Sin embargo, su vocación por la derrota o su incapacidad para develar qué hay después de la victoria ofrece elementos para pensar que quiere jugar un papel distinto al de los políticos tradicionales. Puede que suceda con López Obrador algo de lo que pasó con el subcomandante Marcos. Algunos deben acordarse de que este último puso en vilo al país; luego se transformó en una especie de vigía moral de la política nacional, cuyo poder de persuasión moral llegaba hasta los centros de decisión del país. Con el tiempo, la imagen de Marcos se fue deslavando. De actor político insustituible, se fue convirtiendo en una figura mítica, testimonial. Lo mismo le puede pasar a López Obrador si sigue con su terquedad política. Además, a éste no se le ve la vocación de poder, por ejemplo, de Marcelo Ebrard; éste si sabe lo que quiere: el poder de las instituciones. Y López Obrador, parece conformarse con el poder de la calle como Marcos con el poder de las montañas.
Publicado en Milenio

No hay comentarios:

En defensa del Estado Laico y la diversidad social

Enrique Krauze. La izquierda mexicana