Observadores y analistas del Partido de la Revolución Democrática aún no se reponen del pasmo que les provocó su XI Congreso Nacional. No hubo golpes, ni rupturas y sí en cambio unos mil trescientos congresistas resolvieron, en tiempo record, más de 30 asuntos de las urgencias nacionales, de sus tácticas políticas, un gran reacomodo de puestos de dirección y criterios para afrontar las elecciones federales del 2009. Y lo que no pudieron resolver, lo encorchetaron para después. Esto fue insólito después de seis meses consecutivos de confrontaciones y querellas jurídicas por el dominio del partido ¿Qué pasó? La clave fue la negociación previa; y los responsables de ello fueron dos operadores efectivos: Jesús Zambrano y Ricardo Ruiz en más de 20 reuniones sigilosas, ajenas a la prensa y a muchos de sus liderazgos. Hoy son los más sonrientes del PRD. Por Rogelio Hernández López / México MILENIO Semanal 28/09/2008
En su mejor momento más de 2 mil 500 perredistas de todo el país ocuparon cuatro pisos del enorme Centro de Convenciones de la Canaco en la Ciudad de México; casi la mitad de ellos, mil 129, eran delegados efectivos con voto. Y durante dos días, 20 y 21 de septiembre, se convirtieron en una máquina de aprobación veloz.
La mayoría de los asuntos resueltos en el XI Congreso Nacional -—más de 30— se presentaban como de consenso entre los dos bloques y nadie discutía cuestiones de fondo. Se aprobaban, uno y otro y otro. Y eso que sólo votaron en dos tardes.
Los más combativos de siempre incluso se guardaron: Dolores Padierna no intervino, se mostró fría, dubitativa, muy callada, y Gerardo Fernández Noroña ni siquiera quiso ir; mandó una carta explicando que no quería que lo acusaran de los desmanes que hubiera. Y no hubo.
Ese PRD no era el de los años recientes. Todo parecía ya negociado. Y los asuntos difíciles que no se pudieron pactar y aprobar se “encorchetaron” para después (se guardaron como asunto singular). El congreso seguirá el 11 de octubre.
Sólo en dos temas sí se produjo una especie de insurrección de los delegados contra los temas negociados previamente. Congresistas de todas las corrientes (son más de 20) se alebrestaron y protestaron vehementes porque se quería elevar de 10 a 40 por ciento las cuotas extraordinarias mensuales para quienes ocupen cargos de elección popular o de administración de gobiernos. Lo rechazaron. Se propuso reformular la medida pero ya nadie se ocupó de eso después.
El otro tema, en el que los congresistas de ninguna fracción tampoco se alinearon con la propuesta “de consenso” ni con sus dirigentes y votaron libremente, fue para quitar prohibiciones, “candados”, para que la dirección nacional pueda pactar alianzas electorales casuísticas en algunos estados.
En esa propuesta no se mencionaba que se harían coaliciones electorales con el PRI, con el PAN o algún otro partido. Sin embargo, el pleno se dividió y de todos lados se alzaba un grito de rechazo: “¡Ni un voto al PAN!… ¡Ni un voto al PRI!..”. En la mesa de conducción, no sólo sudaban por lo pesado de la atmósfera, sufrían, porque quitar los “candados” les permitiría mejorar la estrategia para un frente amplio electoral, especialmente en las entidades donde el PRD no ha podido crecer por la fuerza de los grupos conservadores o caciquiles, o por el peso político y los pesos que reparten algunos gobernadores de todos los partidos. Se votó. Se rechazó a gritos el primer recuento. Se volvió a votar, se contó y recontó. Se rechazó otra vez. Se comisionó a que contabilizaran al senador Graco Ramírez y a Agustín Guerrero. Sí se quitó el candado por 637 votos contra 492. Los orquestadores de la propuesta sudaron. Pero sólo en ese asunto.
Pasada la media noche del domingo había un receso. Faltaba un asunto medular. También ya negociado. Cada uno de los dos bloques y algunas corrientes no alineadas sesionaban, por separado, tratando de hacer una sola lista de 64 nuevos consejeros nacionales que se sumarán a los ya electos en marzo: 60 por ciento (38) del Bloque Demócratas de Izquierda (Los Chuchos
No hubo fracturas. No hubo golpes. Las agresiones verbales disminuyeron notablemente. Hubo aprobación de más de 30 asuntos de las urgencias nacionales, de tácticas políticas, y de un gran reacomodo de puestos de dirección y nuevos criterios para afrontar las elecciones federales de 2009. La explicación es que hubo negociación previa, acuerdos que no se habían podido madurar en seis meses y que se lograron en dos semanas.
Lo único disonante después, fueron inconformidades de miembros de la comisión organizadora del Congreso, como Eliana García, porque no fueron tomados en cuenta para diseñar los pactos; o de Alfonso Ramírez Cuéllar, porque en su visión, el Congreso “mostró la miseria de la política en el PRD porque nadie discute cosas de fondo, van por reparto de posiciones y porque, además, todo se pacto en las cúpulas”.
¿Qué pasó? ¿Quiénes pactaron? ¿Cómo fue? ¿Qué significancia tendrá ese congreso del PRD?
Esa es una historia que se puede reconstruir; es la de un documento maestro, rector, un nuevo pacto político organizativo para la emergencia, un acuerdo producido en unas 20 reuniones privadas, discretas, pero también de intensas consultas con Andrés Manuel López Obrador, con Marcelo Ebrard, con otros gobernadores y otros liderazgos reales de ese partido. La historia de ese pacto, detrás del proscenio de la prensa, es también de cuatro protagonistas centrales: Alejandro Encinas y Jesús Ortega, Ricardo Ruiz y Jesús Zambrano.
Primeros encuentros de Encinas Chucho
Por el cúmulo de irregularidades, las elecciones internas del PRD del 16 de marzo fueron impugnadas interna y externamente por los dos bloques, el que postuló a Jesús Ortega y el que propuso a Alejandro Encinas para la presidencia nacional.
De allí sobrevino, como reacción en cadena, la agudización de males añejos del PRD y se le empalmaron crisis, sobre todo por los vacíos de dirección política, todo a pesar de que en un consejo nacional se nombró como presidente sustituto a Guadalupe Acosta Naranjo. Eso no calmó sino que irritó más al bloque encinista. Las declaraciones y acciones beligerantes escalaban de virulencia paulatinamente y hasta se tomaban y clausuraban locales de trabajo. Pero internamente, varias corrientes proponían en todos los tonos y formas que se procurara un nuevo pacto político de convivencia entre todos los grupos. Lo dijeron, con sus formas Movimiento Cívico, Los Cívicos; Movimiento por la Democracia, de Pablo Gómez y Javier González, y la parte de Redir que comanda Camilo Valenzuela.
En ese ambiente los dos personajes más presionados para buscar ese pacto eran los adversarios, candidatos a presidir el partido y líderes reales de los dos bloques: Encinas y Ortega. Se reunieron en dos ocasiones con el tema central de cómo atemperar los ánimos. Incluso aceptaron formar una comisión bilateral de los dos bloques con sus más cercanos como responsables del enlace y las negociaciones: Jesús Zambrano y Ricardo Ruiz acompañados de Graco Ramírez y Jesús Martín del Campo.
Parecía que la comisión bilateral podría avanzar. Pero en mayo en un acto público Encinas exaltó el enojo de sus aliados por las resoluciones parciales de su comisión de garantías y acusó que la elección había sido un chuchinero. Reventaron las negociaciones. Tuvo que volverse a empezar.
En su segundo encuentro, realizado en un hotel de la Zona Rosa, convinieron, en líneas generales, formas de conducción del siguiente Consejo Nacional del 16 de agosto. No obstante, en el bloque Izquierda Unida se negaron a acatar el acuerdo, la corriente mayor dirigida por Dolores Padierna (IDN) más los de Gerardo Fernández Noroña y una parte de Foro Nuevo Sol. Algunos cientos de sus seguidores bloquearon el ingreso al centro de convenciones Expo Reforma. Exigían que se pospusiera esa plenaria hasta que hubiera acuerdos para la convocatoria a la elección de presidente nacional, para el análisis de la iniciativa de reforma energética, y para la renovación de la Comisión de Garantías. Ortega le mandó decir a Encinas que sus aliados no honraban los acuerdos de su líder, que no había caso tratar de negociar en esas condiciones.
De todos modos, el otro bloque cambió de sede y en camiones ya preparados trasladó su reunión al deportivo Metropolitano de Ciudad Nezahualcóyotl. Completó el quórum con 157 consejeros de los 120 necesarios y aprobó casi toda su agenda en tres horas. Así, el bloque Demócratas de Izquierda resolvió convocar a elección extraordinaria de presidente y secretario general de su partido para febrero de 2010, defender la propuesta de reforma energética elaborada por un grupo de especialistas vinculados a López Obrador, y pospuso la renovación de los integrantes de la Comisión de Garantías. La polarización se enconó más.
En ese ambiente corrieron las versiones, algunas confirmadas, de que pronto se produciría la ruptura. Dos de los grupos de Izquierda Unida, la IDN en especial, comenzaron a buscar opciones de traslado al partido Convergencia, o al Partido del Trabajo, luego que Dolores Padierna no consiguiera un pacto bilateral que propuso a los mandos de Los Chuchos (Nueva Izquierda) para que IDN se sumara a ese bloque, previa repartición de posiciones. “Somos resistentes a ustedes porque no queremos que nos aplasten con su mayoría. Queremos que nos respeten”, les dijo. No ocurrió ese pacto y el mal ambiente prosiguió. Parecía inminente la fractura.
Mayorías y minorías
Antes de las fallidas elecciones de marzo, el Bloque Demócratas de Izquierda contaba con un poco más de 61 por ciento del Consejo Nacional: 219 de 357 integrantes. De los cuatro grupos, Nueva Izquierda, dirigida por Jesús Ortega y Jesús Zambrano, era el mayor de todos con un poco más de 42 por ciento; le seguía en importancia Alianza Democrática Nacional (ADN) dirigido por el senador Héctor Bautista con alrededor de 11 por ciento, el Grupo de Acción Política con casi 4 por ciento y una parte de Foro Nuevo Sol un poco más de 3 por ciento.
Tras la elección interna de marzo, este bloque se recicló y de acuerdo con los resolutivos de la Comisión de Garantías no sólo confirmó en lo general esas proporciones, sino que las incrementó: 65 por ciento de congresistas; y con la recomposición interna que ya comenzó podría alcanzar hasta 70 por ciento de las posiciones en el Consejo Nacional.
En el otro bloque, con más siglas, todas las corrientes consiguieron en las elecciones internas más o menos 25 por ciento de los votos de delegados y una proporción similar de consejeros electos. De todos, Izquierda Democrática Nacional (IDN) aún dirigida y precedida en sus reuniones de “cuadros” por René Bejarano, fue la que más creció entre una elección y otra, según la Comisión de Garantías. Tenía casi 11 por ciento de consejeros y consiguió un poco más de 16 por ciento de los delegados al XI Congreso. Los demás grupos mantuvieron sus proporciones: Foro Nuevo Sol de Amalia García, Izquierda Social de Martí Batres, UNYR de Armando Quintero. La mayoría de ellos son los activos del PRD que más apoyan el movimiento de Andrés Manuel López Obrador.
En las apariencias se mostraba una posible fractura en esas dos partes. Allí no se cuentan las corrientes estatales sin referencia nacional, como las de Tabasco, Guerrero, Chiapas y otras que podrían representar 10 por ciento del Consejo Nacional.
Lo trabado
En ese ambiente general crecieron las preocupaciones por una posible ruptura así como las presiones del entorno para encontrar una salida a las crisis. Pero la comisión bilateral, con comisionados de los dos bloques principales, no avanzó mucho porque las otras corrientes, de ambos lados, exigían ser partícipes en ese grupo de trabajo.
Alfonso Ramírez Cuéllar, del Movimiento por la Democracia, propuso por escrito un nuevo pacto político. En el bloque de Encinas algunos grupos que no comparten tácticas con IDN y Fernández Noroña, y un tanto desesperados, buscaban por separado también un acuerdo: Movimiento Cívico, Los Cívicos, propusieron también otro documento con una proposición parecida. La corriente de Amalia García, Foro Nuevo Sol, por conducto de Juan Manuel Ávila y Eloí Vázquez, buscaban algo similar. Los vinculados a Marcelo Ebrard, Izquierda Social, empujaban en el mismo sentido.
Lo común entre todas las iniciativas era que la mayoría de los grupos querían que se pactara una salida pero en reuniones masivas, donde cada corriente, cada sigla, tuviera el mismo peso, el mismo voto por igual. Lo que de haber ocurrido significaría que el bloque minoritario se convertiría en mayoría por su cantidad de siglas, como por arte de la magia de Kafka en México. Eso era inaceptable para Los Chuchos y sus aliados. Allí se trabaron. Voces sueltas como la de Saúl Escobar acusaba en privado y en público que todas las corrientes eran responsables “del desastre” del partido por sus “visiones facciosas y soberbias”. Ya no parecía haber salida. Entre todas los grupos, en la víspera del XI Congreso Nacional comenzó a sentirse, además, un ambiente de desesperación por distintas presiones.
Las urgencias
La presión mayor que les imponía la exigencia de actuar unidos, o por lo menos no confrontarse públicamente, era la inminencia del proceso electoral para renovación de la Cámara de Diputados en 2009, las elecciones para gobernador en cuatro estados, y la renovación de congresos locales en otros dos. La necesidad de compactarse, de ponerse de acuerdo era y es indispensable para evitar una debacle electoral como la de 1991, cuando el PRD cayó a su nivel más bajo en unas elecciones intermedias.
Otro asunto que todas las corrientes consideraron como una presión para ponerse de acuerdo era la relativa a las tácticas para enfrentar la privatización de Petróleos Mexicanos.
Además, desde las elecciones internas de marzo y hasta septiembre, el país comenzó a resentir dos fenómenos que se incrustaron en las agendas de todos los grupos del PRD: las crisis por la inseguridad pública y la caída en el poder adquisitivo de los mexicanos debida a las alzas de precios y la continuada regulación de los aumentos salariales. Y junto a ello, un sinfín de conflictos estatales que deben afrontar los comités perredistas La mayor de las urgencias de todos los agrupamientos perredistas era y es conseguir y consolidar posiciones en los órganos de dirección, para poder participar mejor en las propuestas de candidaturas. La corriente del senador Bautista y segunda en importancia, Alianza Democrática Nacional, presionaba también a sus aliados de Nueva Izquierda para que Ortega Martínez y Alejandro Encinas pactaran.
Negociaciones privadas
Frente a todo ello, Jesús Zambrano y Ricardo Ruiz consideraron indispensable intentar reunir nuevamente a los líderes principales de los bloques, Encinas y Ortega. Y promovieron otro encuentro, pero ahora con un giro en las formas de negociar.
El 9 de septiembre se produjo esa otra reunión. Ortega y Encinas resolvieron que se trabajaría sobre un documento rector; poner por delante los asuntos de política, examinar que los grupos de Izquierda Unida pudieran aumentar la cantidad de consejeros además de los que habían ganado con votos, estudiar la creación de un órgano de dirección distinto, más colegiado, donde estuvieran los liderazgos; y encorchetar los asuntos donde hubiera diferencias sustanciales para avanzar. Determinaron que los operadores fuesen únicamente: Zambrano y Ruiz,y que deberían trabajar aceleradamente en un documento maestro, rector, y cuando estuviesen madurados los consensos entonces se “bajarían” (se comunicarían) a sus aliados de las distintas corrientes. Desde ese momento se inició un intenso ciclo de encuentros de Ricardo Ruiz y Jesús Zambrano, lejos de las oficinas del partido, principalmente en un restaurante-cafetería de la colonia Hipódromo Condesa, distantes de otros líderes de corrientes. Así se fue conformando el acuerdo político de transición, para atender lo urgente, para que lo resolviera el XI Congreso Nacional.
Y allí no se tocarían asuntos de fondo como la reconversión del PRD en otro tipo de partido, ni se revisarían su estrategia general, el programa nacional ni otros asuntos derivados de los problemas del país. Ambos, Ortega y Encinas, se encontraron nuevamente para desayunar el 13 de septiembre. El plan marchaba.
Desde antes de que se trabajara en el documento ocurrieron también consultas en todos los frentes. López Obrador fue informado por los dos bloques y en ambos casos les dijo que él no opinaría, que Alejandro Encinas era el más indicado para pactar salidas a las crisis. Marcelo Ebrard también escuchó a las dos partes, se congratuló por la búsqueda de un pacto y ofreció que donde pudiera influir (Izquierda Social, UNYR y el comité capitalino del PRD, por ejemplo) les pediría avalar lo que pactasen Ortega y Encinas. Otros gobernadores, la mayoría afines a Los Chuchos, fueron informados y dieron su anuencia para que siguieran así las negociaciones. Incluso la corriente cercana a Amalia García, una parte de Foro Nuevo Sol, mostró más condescendencia y se alejó de la virulencia verbal de sus aliados de IDN y Gerardo Fernández Noroña.
Caminaba el procedimiento a pesar de que Zambrano y Ruiz sufrían para convencer a sus principales aliados de lo que se iba pactando en el documento central. Para formalizar los acuerdos también deberían llevarse después a la Comisión Organizadora, que no pudo operar desde que se formó porque a buena parte de sus integrantes y a varias corrientes se les marginó de las negociaciones.
El pacto pareció quebrarse el 18 de septiembre, dos días antes de que debería iniciarse el XI Congreso Nacional. La Comisión de Garantías terminó de desahogar sus resolutivos sobre la elección de delegados al congreso y del nuevo Consejo Nacional. La reacción fue virulenta. Dolores Padierna y González Noroña aseguraron en conferencia de prensa y a nombre de todo el bloque encinista, que no habría Congreso, que no había condiciones, que la Comisión de Garantías había consumado un atraco contra su bloque, que la comisión organizadora del congreso ni siquiera se había reunido.
Ortega y Encinas reaccionaron de inmediato. Se comunicaron y cada uno por su lado desmintió en privado y ante los medios de prensa a los quejosos. Mandaron decir con Ricardo Ruiz, con Jesús Zambrano, con Ulises Lara, con Graco Ramírez: hay compromisos, hay documentos, hay acuerdos, hay corchetes para resolver después otras diferencias. Por lo tanto, habrá congreso. Otros aliados de IDN y Fernández Noroña se alejaron más de ellos; Foro Nuevo Sol se deslindó de las declaraciones y apoyó la realización del congreso. Lo mismo hicieron otros cercanos a Encinas.
Para el viernes 19, las corrientes más importantes hicieron sus precongresos. Allí se presentó el documento maestro y en la mayoría se fue avalando.
Comenzamos
Por todo eso fue que el 20 de septiembre, cuando a las 14:40 horas Camilo Valenzuela, presidente del Consejo Nacional, dijo “tenemos acuerdo político, ¡comenzamos!”, la mayoría aplastante de los congresistas desparramó un torrentes de aplausos. La misma emotividad se reflejó cuando David Cervantes, dirigente de Izquierda Social, reiteró el acuerdo político de transición, “un acuerdo —dijo— que no supone renunciar a las convicciones” y sí arribar a otra etapa del PRD para actuar unido frente a las urgencias del país.
Los más sonrientes del congreso fueron Jesús Zambrano y Ricardo Ruiz, quienes incluso fueron copresidentes de la asamblea en el segundo día. “¿Hay contento?”, se les preguntó por separado días después.
Ricardo Ruiz: “Fue un gran esfuerzo de concertación. Logramos que se reconociera la interlocución de Alejandro Encinas como el baluarte de la mitad de los votantes del partido. Hay que registrar la voluntad política de Nueva Izquierda y Jesús Ortega, y de todas las corrientes que entendieron el alcance de un pacto de transición.
“Por eso pudimos aprobar un plan común para la defensa del petróleo, con un candado para que ningún bloque pacte o descalifique al otro. En eso las opiniones sobre los dictámenes camarales serán del grupo de expertos, nuestro cuarto de al lado, que definirá el sentido de nuestras acciones.
“Pudimos resolver también una postura común sobre las crisis de la inseguridad pública, con una visión de las causas económicas y sociales, y no sumarnos al pacto a que convocó Calderón.
“También son importantes para nosotros los resolutivos para las candidaturas del 2009, los criterios casi de paridad para integrar el resto del Consejo Nacional y la Comisión Política; que en la política de alianzas se recuperara como destino central el Frente Amplio Progresista, la recomposición que tendrán órganos centrales para sancionar a los autores de las irregularidades en la elección interna, la creación de la contraloría de los recursos del partido, que la Comisión de Garantías tenga más miembros y que el órgano electoral recuperará su autonomía, que se impusieran candados para que los precandidatos perdidosos del partido no se brinquen a otros del FAP, que se inicie el proceso para que el IFE pueda organizar las elecciones internas. Nos faltó bajarle los sueldos o aumentarles las cuotas a los funcionarios públicos del partido. Sí pudimos avanzar. Esto puede ser un aliento positivo para lo que sigue”.
Jesús Zambrano: “Pudimos tejer fino. Por momentos el ambiente descalificador y de desconfianza se hacía infernal. Nosotros ofrecemos acuerdos y los cumplimos siempre. Honramos nuestra palabra. Ciertamente cedimos en muchas cosas porque nos pareció indispensable para recuperar la institucionalidad del partido, y lo que significa que esté unido para los mexicanos inconformes.
“Lo avanzado no significa que no tengamos conflictos en lo inmediato. Las bases que pusimos, en esta coyuntura, serán distintas y mejores para poder ponernos de acuerdo. Hay algunos pendientes que debemos resolver pronto: falta la designación de los 64 consejeros nuevos el 11 de octubre, la designación de personas en la Comisión Política Nacional (de 13 miembros) que sustituye al CEN, la recomposición de corrientes en el Consejo porque terminado el proceso electoral, con la calificación final, los bloques se deshacen o se rehacen. Falta también, y no es poca cosa, la resolución del Tribunal Electoral sobre la elección de presidente nacional, que puede confirmar la anulación o dar pie para que Jesús Ortega sea reconocido como el presidente. En todo esto, Ricardo y yo estamos ya explorando salidas a los posibles escenarios”.
En su mejor momento más de 2 mil 500 perredistas de todo el país ocuparon cuatro pisos del enorme Centro de Convenciones de la Canaco en la Ciudad de México; casi la mitad de ellos, mil 129, eran delegados efectivos con voto. Y durante dos días, 20 y 21 de septiembre, se convirtieron en una máquina de aprobación veloz.
La mayoría de los asuntos resueltos en el XI Congreso Nacional -—más de 30— se presentaban como de consenso entre los dos bloques y nadie discutía cuestiones de fondo. Se aprobaban, uno y otro y otro. Y eso que sólo votaron en dos tardes.
Los más combativos de siempre incluso se guardaron: Dolores Padierna no intervino, se mostró fría, dubitativa, muy callada, y Gerardo Fernández Noroña ni siquiera quiso ir; mandó una carta explicando que no quería que lo acusaran de los desmanes que hubiera. Y no hubo.
Ese PRD no era el de los años recientes. Todo parecía ya negociado. Y los asuntos difíciles que no se pudieron pactar y aprobar se “encorchetaron” para después (se guardaron como asunto singular). El congreso seguirá el 11 de octubre.
Sólo en dos temas sí se produjo una especie de insurrección de los delegados contra los temas negociados previamente. Congresistas de todas las corrientes (son más de 20) se alebrestaron y protestaron vehementes porque se quería elevar de 10 a 40 por ciento las cuotas extraordinarias mensuales para quienes ocupen cargos de elección popular o de administración de gobiernos. Lo rechazaron. Se propuso reformular la medida pero ya nadie se ocupó de eso después.
El otro tema, en el que los congresistas de ninguna fracción tampoco se alinearon con la propuesta “de consenso” ni con sus dirigentes y votaron libremente, fue para quitar prohibiciones, “candados”, para que la dirección nacional pueda pactar alianzas electorales casuísticas en algunos estados.
En esa propuesta no se mencionaba que se harían coaliciones electorales con el PRI, con el PAN o algún otro partido. Sin embargo, el pleno se dividió y de todos lados se alzaba un grito de rechazo: “¡Ni un voto al PAN!… ¡Ni un voto al PRI!..”. En la mesa de conducción, no sólo sudaban por lo pesado de la atmósfera, sufrían, porque quitar los “candados” les permitiría mejorar la estrategia para un frente amplio electoral, especialmente en las entidades donde el PRD no ha podido crecer por la fuerza de los grupos conservadores o caciquiles, o por el peso político y los pesos que reparten algunos gobernadores de todos los partidos. Se votó. Se rechazó a gritos el primer recuento. Se volvió a votar, se contó y recontó. Se rechazó otra vez. Se comisionó a que contabilizaran al senador Graco Ramírez y a Agustín Guerrero. Sí se quitó el candado por 637 votos contra 492. Los orquestadores de la propuesta sudaron. Pero sólo en ese asunto.
Pasada la media noche del domingo había un receso. Faltaba un asunto medular. También ya negociado. Cada uno de los dos bloques y algunas corrientes no alineadas sesionaban, por separado, tratando de hacer una sola lista de 64 nuevos consejeros nacionales que se sumarán a los ya electos en marzo: 60 por ciento (38) del Bloque Demócratas de Izquierda (Los Chuchos
No hubo fracturas. No hubo golpes. Las agresiones verbales disminuyeron notablemente. Hubo aprobación de más de 30 asuntos de las urgencias nacionales, de tácticas políticas, y de un gran reacomodo de puestos de dirección y nuevos criterios para afrontar las elecciones federales de 2009. La explicación es que hubo negociación previa, acuerdos que no se habían podido madurar en seis meses y que se lograron en dos semanas.
Lo único disonante después, fueron inconformidades de miembros de la comisión organizadora del Congreso, como Eliana García, porque no fueron tomados en cuenta para diseñar los pactos; o de Alfonso Ramírez Cuéllar, porque en su visión, el Congreso “mostró la miseria de la política en el PRD porque nadie discute cosas de fondo, van por reparto de posiciones y porque, además, todo se pacto en las cúpulas”.
¿Qué pasó? ¿Quiénes pactaron? ¿Cómo fue? ¿Qué significancia tendrá ese congreso del PRD?
Esa es una historia que se puede reconstruir; es la de un documento maestro, rector, un nuevo pacto político organizativo para la emergencia, un acuerdo producido en unas 20 reuniones privadas, discretas, pero también de intensas consultas con Andrés Manuel López Obrador, con Marcelo Ebrard, con otros gobernadores y otros liderazgos reales de ese partido. La historia de ese pacto, detrás del proscenio de la prensa, es también de cuatro protagonistas centrales: Alejandro Encinas y Jesús Ortega, Ricardo Ruiz y Jesús Zambrano.
Primeros encuentros de Encinas Chucho
Por el cúmulo de irregularidades, las elecciones internas del PRD del 16 de marzo fueron impugnadas interna y externamente por los dos bloques, el que postuló a Jesús Ortega y el que propuso a Alejandro Encinas para la presidencia nacional.
De allí sobrevino, como reacción en cadena, la agudización de males añejos del PRD y se le empalmaron crisis, sobre todo por los vacíos de dirección política, todo a pesar de que en un consejo nacional se nombró como presidente sustituto a Guadalupe Acosta Naranjo. Eso no calmó sino que irritó más al bloque encinista. Las declaraciones y acciones beligerantes escalaban de virulencia paulatinamente y hasta se tomaban y clausuraban locales de trabajo. Pero internamente, varias corrientes proponían en todos los tonos y formas que se procurara un nuevo pacto político de convivencia entre todos los grupos. Lo dijeron, con sus formas Movimiento Cívico, Los Cívicos; Movimiento por la Democracia, de Pablo Gómez y Javier González, y la parte de Redir que comanda Camilo Valenzuela.
En ese ambiente los dos personajes más presionados para buscar ese pacto eran los adversarios, candidatos a presidir el partido y líderes reales de los dos bloques: Encinas y Ortega. Se reunieron en dos ocasiones con el tema central de cómo atemperar los ánimos. Incluso aceptaron formar una comisión bilateral de los dos bloques con sus más cercanos como responsables del enlace y las negociaciones: Jesús Zambrano y Ricardo Ruiz acompañados de Graco Ramírez y Jesús Martín del Campo.
Parecía que la comisión bilateral podría avanzar. Pero en mayo en un acto público Encinas exaltó el enojo de sus aliados por las resoluciones parciales de su comisión de garantías y acusó que la elección había sido un chuchinero. Reventaron las negociaciones. Tuvo que volverse a empezar.
En su segundo encuentro, realizado en un hotel de la Zona Rosa, convinieron, en líneas generales, formas de conducción del siguiente Consejo Nacional del 16 de agosto. No obstante, en el bloque Izquierda Unida se negaron a acatar el acuerdo, la corriente mayor dirigida por Dolores Padierna (IDN) más los de Gerardo Fernández Noroña y una parte de Foro Nuevo Sol. Algunos cientos de sus seguidores bloquearon el ingreso al centro de convenciones Expo Reforma. Exigían que se pospusiera esa plenaria hasta que hubiera acuerdos para la convocatoria a la elección de presidente nacional, para el análisis de la iniciativa de reforma energética, y para la renovación de la Comisión de Garantías. Ortega le mandó decir a Encinas que sus aliados no honraban los acuerdos de su líder, que no había caso tratar de negociar en esas condiciones.
De todos modos, el otro bloque cambió de sede y en camiones ya preparados trasladó su reunión al deportivo Metropolitano de Ciudad Nezahualcóyotl. Completó el quórum con 157 consejeros de los 120 necesarios y aprobó casi toda su agenda en tres horas. Así, el bloque Demócratas de Izquierda resolvió convocar a elección extraordinaria de presidente y secretario general de su partido para febrero de 2010, defender la propuesta de reforma energética elaborada por un grupo de especialistas vinculados a López Obrador, y pospuso la renovación de los integrantes de la Comisión de Garantías. La polarización se enconó más.
En ese ambiente corrieron las versiones, algunas confirmadas, de que pronto se produciría la ruptura. Dos de los grupos de Izquierda Unida, la IDN en especial, comenzaron a buscar opciones de traslado al partido Convergencia, o al Partido del Trabajo, luego que Dolores Padierna no consiguiera un pacto bilateral que propuso a los mandos de Los Chuchos (Nueva Izquierda) para que IDN se sumara a ese bloque, previa repartición de posiciones. “Somos resistentes a ustedes porque no queremos que nos aplasten con su mayoría. Queremos que nos respeten”, les dijo. No ocurrió ese pacto y el mal ambiente prosiguió. Parecía inminente la fractura.
Mayorías y minorías
Antes de las fallidas elecciones de marzo, el Bloque Demócratas de Izquierda contaba con un poco más de 61 por ciento del Consejo Nacional: 219 de 357 integrantes. De los cuatro grupos, Nueva Izquierda, dirigida por Jesús Ortega y Jesús Zambrano, era el mayor de todos con un poco más de 42 por ciento; le seguía en importancia Alianza Democrática Nacional (ADN) dirigido por el senador Héctor Bautista con alrededor de 11 por ciento, el Grupo de Acción Política con casi 4 por ciento y una parte de Foro Nuevo Sol un poco más de 3 por ciento.
Tras la elección interna de marzo, este bloque se recicló y de acuerdo con los resolutivos de la Comisión de Garantías no sólo confirmó en lo general esas proporciones, sino que las incrementó: 65 por ciento de congresistas; y con la recomposición interna que ya comenzó podría alcanzar hasta 70 por ciento de las posiciones en el Consejo Nacional.
En el otro bloque, con más siglas, todas las corrientes consiguieron en las elecciones internas más o menos 25 por ciento de los votos de delegados y una proporción similar de consejeros electos. De todos, Izquierda Democrática Nacional (IDN) aún dirigida y precedida en sus reuniones de “cuadros” por René Bejarano, fue la que más creció entre una elección y otra, según la Comisión de Garantías. Tenía casi 11 por ciento de consejeros y consiguió un poco más de 16 por ciento de los delegados al XI Congreso. Los demás grupos mantuvieron sus proporciones: Foro Nuevo Sol de Amalia García, Izquierda Social de Martí Batres, UNYR de Armando Quintero. La mayoría de ellos son los activos del PRD que más apoyan el movimiento de Andrés Manuel López Obrador.
En las apariencias se mostraba una posible fractura en esas dos partes. Allí no se cuentan las corrientes estatales sin referencia nacional, como las de Tabasco, Guerrero, Chiapas y otras que podrían representar 10 por ciento del Consejo Nacional.
Lo trabado
En ese ambiente general crecieron las preocupaciones por una posible ruptura así como las presiones del entorno para encontrar una salida a las crisis. Pero la comisión bilateral, con comisionados de los dos bloques principales, no avanzó mucho porque las otras corrientes, de ambos lados, exigían ser partícipes en ese grupo de trabajo.
Alfonso Ramírez Cuéllar, del Movimiento por la Democracia, propuso por escrito un nuevo pacto político. En el bloque de Encinas algunos grupos que no comparten tácticas con IDN y Fernández Noroña, y un tanto desesperados, buscaban por separado también un acuerdo: Movimiento Cívico, Los Cívicos, propusieron también otro documento con una proposición parecida. La corriente de Amalia García, Foro Nuevo Sol, por conducto de Juan Manuel Ávila y Eloí Vázquez, buscaban algo similar. Los vinculados a Marcelo Ebrard, Izquierda Social, empujaban en el mismo sentido.
Lo común entre todas las iniciativas era que la mayoría de los grupos querían que se pactara una salida pero en reuniones masivas, donde cada corriente, cada sigla, tuviera el mismo peso, el mismo voto por igual. Lo que de haber ocurrido significaría que el bloque minoritario se convertiría en mayoría por su cantidad de siglas, como por arte de la magia de Kafka en México. Eso era inaceptable para Los Chuchos y sus aliados. Allí se trabaron. Voces sueltas como la de Saúl Escobar acusaba en privado y en público que todas las corrientes eran responsables “del desastre” del partido por sus “visiones facciosas y soberbias”. Ya no parecía haber salida. Entre todas los grupos, en la víspera del XI Congreso Nacional comenzó a sentirse, además, un ambiente de desesperación por distintas presiones.
Las urgencias
La presión mayor que les imponía la exigencia de actuar unidos, o por lo menos no confrontarse públicamente, era la inminencia del proceso electoral para renovación de la Cámara de Diputados en 2009, las elecciones para gobernador en cuatro estados, y la renovación de congresos locales en otros dos. La necesidad de compactarse, de ponerse de acuerdo era y es indispensable para evitar una debacle electoral como la de 1991, cuando el PRD cayó a su nivel más bajo en unas elecciones intermedias.
Otro asunto que todas las corrientes consideraron como una presión para ponerse de acuerdo era la relativa a las tácticas para enfrentar la privatización de Petróleos Mexicanos.
Además, desde las elecciones internas de marzo y hasta septiembre, el país comenzó a resentir dos fenómenos que se incrustaron en las agendas de todos los grupos del PRD: las crisis por la inseguridad pública y la caída en el poder adquisitivo de los mexicanos debida a las alzas de precios y la continuada regulación de los aumentos salariales. Y junto a ello, un sinfín de conflictos estatales que deben afrontar los comités perredistas La mayor de las urgencias de todos los agrupamientos perredistas era y es conseguir y consolidar posiciones en los órganos de dirección, para poder participar mejor en las propuestas de candidaturas. La corriente del senador Bautista y segunda en importancia, Alianza Democrática Nacional, presionaba también a sus aliados de Nueva Izquierda para que Ortega Martínez y Alejandro Encinas pactaran.
Negociaciones privadas
Frente a todo ello, Jesús Zambrano y Ricardo Ruiz consideraron indispensable intentar reunir nuevamente a los líderes principales de los bloques, Encinas y Ortega. Y promovieron otro encuentro, pero ahora con un giro en las formas de negociar.
El 9 de septiembre se produjo esa otra reunión. Ortega y Encinas resolvieron que se trabajaría sobre un documento rector; poner por delante los asuntos de política, examinar que los grupos de Izquierda Unida pudieran aumentar la cantidad de consejeros además de los que habían ganado con votos, estudiar la creación de un órgano de dirección distinto, más colegiado, donde estuvieran los liderazgos; y encorchetar los asuntos donde hubiera diferencias sustanciales para avanzar. Determinaron que los operadores fuesen únicamente: Zambrano y Ruiz,y que deberían trabajar aceleradamente en un documento maestro, rector, y cuando estuviesen madurados los consensos entonces se “bajarían” (se comunicarían) a sus aliados de las distintas corrientes. Desde ese momento se inició un intenso ciclo de encuentros de Ricardo Ruiz y Jesús Zambrano, lejos de las oficinas del partido, principalmente en un restaurante-cafetería de la colonia Hipódromo Condesa, distantes de otros líderes de corrientes. Así se fue conformando el acuerdo político de transición, para atender lo urgente, para que lo resolviera el XI Congreso Nacional.
Y allí no se tocarían asuntos de fondo como la reconversión del PRD en otro tipo de partido, ni se revisarían su estrategia general, el programa nacional ni otros asuntos derivados de los problemas del país. Ambos, Ortega y Encinas, se encontraron nuevamente para desayunar el 13 de septiembre. El plan marchaba.
Desde antes de que se trabajara en el documento ocurrieron también consultas en todos los frentes. López Obrador fue informado por los dos bloques y en ambos casos les dijo que él no opinaría, que Alejandro Encinas era el más indicado para pactar salidas a las crisis. Marcelo Ebrard también escuchó a las dos partes, se congratuló por la búsqueda de un pacto y ofreció que donde pudiera influir (Izquierda Social, UNYR y el comité capitalino del PRD, por ejemplo) les pediría avalar lo que pactasen Ortega y Encinas. Otros gobernadores, la mayoría afines a Los Chuchos, fueron informados y dieron su anuencia para que siguieran así las negociaciones. Incluso la corriente cercana a Amalia García, una parte de Foro Nuevo Sol, mostró más condescendencia y se alejó de la virulencia verbal de sus aliados de IDN y Gerardo Fernández Noroña.
Caminaba el procedimiento a pesar de que Zambrano y Ruiz sufrían para convencer a sus principales aliados de lo que se iba pactando en el documento central. Para formalizar los acuerdos también deberían llevarse después a la Comisión Organizadora, que no pudo operar desde que se formó porque a buena parte de sus integrantes y a varias corrientes se les marginó de las negociaciones.
El pacto pareció quebrarse el 18 de septiembre, dos días antes de que debería iniciarse el XI Congreso Nacional. La Comisión de Garantías terminó de desahogar sus resolutivos sobre la elección de delegados al congreso y del nuevo Consejo Nacional. La reacción fue virulenta. Dolores Padierna y González Noroña aseguraron en conferencia de prensa y a nombre de todo el bloque encinista, que no habría Congreso, que no había condiciones, que la Comisión de Garantías había consumado un atraco contra su bloque, que la comisión organizadora del congreso ni siquiera se había reunido.
Ortega y Encinas reaccionaron de inmediato. Se comunicaron y cada uno por su lado desmintió en privado y ante los medios de prensa a los quejosos. Mandaron decir con Ricardo Ruiz, con Jesús Zambrano, con Ulises Lara, con Graco Ramírez: hay compromisos, hay documentos, hay acuerdos, hay corchetes para resolver después otras diferencias. Por lo tanto, habrá congreso. Otros aliados de IDN y Fernández Noroña se alejaron más de ellos; Foro Nuevo Sol se deslindó de las declaraciones y apoyó la realización del congreso. Lo mismo hicieron otros cercanos a Encinas.
Para el viernes 19, las corrientes más importantes hicieron sus precongresos. Allí se presentó el documento maestro y en la mayoría se fue avalando.
Comenzamos
Por todo eso fue que el 20 de septiembre, cuando a las 14:40 horas Camilo Valenzuela, presidente del Consejo Nacional, dijo “tenemos acuerdo político, ¡comenzamos!”, la mayoría aplastante de los congresistas desparramó un torrentes de aplausos. La misma emotividad se reflejó cuando David Cervantes, dirigente de Izquierda Social, reiteró el acuerdo político de transición, “un acuerdo —dijo— que no supone renunciar a las convicciones” y sí arribar a otra etapa del PRD para actuar unido frente a las urgencias del país.
Los más sonrientes del congreso fueron Jesús Zambrano y Ricardo Ruiz, quienes incluso fueron copresidentes de la asamblea en el segundo día. “¿Hay contento?”, se les preguntó por separado días después.
Ricardo Ruiz: “Fue un gran esfuerzo de concertación. Logramos que se reconociera la interlocución de Alejandro Encinas como el baluarte de la mitad de los votantes del partido. Hay que registrar la voluntad política de Nueva Izquierda y Jesús Ortega, y de todas las corrientes que entendieron el alcance de un pacto de transición.
“Por eso pudimos aprobar un plan común para la defensa del petróleo, con un candado para que ningún bloque pacte o descalifique al otro. En eso las opiniones sobre los dictámenes camarales serán del grupo de expertos, nuestro cuarto de al lado, que definirá el sentido de nuestras acciones.
“Pudimos resolver también una postura común sobre las crisis de la inseguridad pública, con una visión de las causas económicas y sociales, y no sumarnos al pacto a que convocó Calderón.
“También son importantes para nosotros los resolutivos para las candidaturas del 2009, los criterios casi de paridad para integrar el resto del Consejo Nacional y la Comisión Política; que en la política de alianzas se recuperara como destino central el Frente Amplio Progresista, la recomposición que tendrán órganos centrales para sancionar a los autores de las irregularidades en la elección interna, la creación de la contraloría de los recursos del partido, que la Comisión de Garantías tenga más miembros y que el órgano electoral recuperará su autonomía, que se impusieran candados para que los precandidatos perdidosos del partido no se brinquen a otros del FAP, que se inicie el proceso para que el IFE pueda organizar las elecciones internas. Nos faltó bajarle los sueldos o aumentarles las cuotas a los funcionarios públicos del partido. Sí pudimos avanzar. Esto puede ser un aliento positivo para lo que sigue”.
Jesús Zambrano: “Pudimos tejer fino. Por momentos el ambiente descalificador y de desconfianza se hacía infernal. Nosotros ofrecemos acuerdos y los cumplimos siempre. Honramos nuestra palabra. Ciertamente cedimos en muchas cosas porque nos pareció indispensable para recuperar la institucionalidad del partido, y lo que significa que esté unido para los mexicanos inconformes.
“Lo avanzado no significa que no tengamos conflictos en lo inmediato. Las bases que pusimos, en esta coyuntura, serán distintas y mejores para poder ponernos de acuerdo. Hay algunos pendientes que debemos resolver pronto: falta la designación de los 64 consejeros nuevos el 11 de octubre, la designación de personas en la Comisión Política Nacional (de 13 miembros) que sustituye al CEN, la recomposición de corrientes en el Consejo porque terminado el proceso electoral, con la calificación final, los bloques se deshacen o se rehacen. Falta también, y no es poca cosa, la resolución del Tribunal Electoral sobre la elección de presidente nacional, que puede confirmar la anulación o dar pie para que Jesús Ortega sea reconocido como el presidente. En todo esto, Ricardo y yo estamos ya explorando salidas a los posibles escenarios”.
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