La inmolación de Alejandro
Carlos Marín
Al renunciar a su derecho de ocupar la Secretaría General del Partido de la Revolución Democrática, advertir que dará “la pelea desde adentro” y declarar la guerra contra “los que se han enquistado en su burocracia”, Alejandro Encinas extiende una carta de involuntario apoyo que Jesús Ortega debe agradecerle.
Si con su triunfo Los Chuchos alcanzaron un poder tan relativo que quedaban obligados a compartir con pejistas y encinistas, ahora, gracias a Encinas, se han quedado con todo el pastel.
Lejos de responder a una lógica de militante comprometido con y preocupado por los problemas de la más importante organización que ha creado la izquierda mexicana, la decisión constituye una conmovedora muestra de lealtad al hombre por cuyos megalómanos caprichos y descomunal soberbia Encinas ha decidido sacrificar su carrera política para seguir en el ilegible “proyecto” de quien le dio el beso del diablo con su imprudente intromisión en la elección interna: el presidente legítimo de la República patito.
Publicado en Milenio
No hay comentarios:
Publicar un comentario