Eliseo Alberto
27 Noviembre 08
Felix Dzerzhinsky los mandó a pasar a su oficina, en la segunda planta del majestuoso palacio de Lubianka, y les preguntó a quemarropa qué diablos podían hacer con el cadáver de Lenin. ¿Habrá dicho la palabra fiambre? En los primeros círculos de poder, tan habituados a la conspiración y la cábala, ya comenzaban a llamarle así: el fiambre. El profesor Vladimir P. Vorobiov y su principal ayudante, el también catedrático Boris I. Zbarski, estaban temblando de miedo. Sobraban razones para sentir cómo se le congelaba la sangre en las venas ante la presencia del pulcro y ecuánime Felix Dzerzhinsky, padre fundador de esa nueva orden religiosa llamada “Comisión Extraordinaria Panrusa para la Lucha contra la Contrarrevolución y el Sabotaje”: La Checa. Hijo de aristócratas lituanos, sus años de religiosidad en el Seminario de Vilna debieron forjar su carácter y suavizar sus modales. Había pasado la mayor parte de su vida adulta en las cárceles de media Europa, incluyendo tres años en la siniestra prisión de Orel.
Los pocos que lo conocían bien, pues no era hombre abierto a los afectos tradicionales (la familia, los amigos, el amor), aseguraban que el camarada Dzerzhinsky, Apóstol de Lenin, traía la espalda atravesada de latigazos y el cuerpo repleto de cicatrices mal zurcidas. ¿Por eso usaba casacas cerradas al cuello? En el discurso que pronunció durante la ceremonia inaugural de La Checa, dijo por lo claro: “Ahora no necesitamos justicia. Ahora se trata de una guerra cara a cara, una lucha hasta el final. A vida o muerte”. Y cumplió su promesa. En los sótanos del palacio de Lubianka se montó la sala de torturas más medieval que pueda imaginarse, atendida por verdugos adolescentes que el propio Dzerzhinsky elegía entre los cadetes del Ejército Rojo.
—¿Qué hacemos con el camarada Lenin? —dijo a Vorobiov y Zbarski.
Si alguien tenía una respuesta aceptable eran esos dos profesores que no podían controlar el temblor de sus manos. Graduado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Jarkov, Vladimir P. Vorobiov había merecido la cátedra de Anatomía, desde 1917, y ya se le reconocían sus audaces postulados sobre “una nueva, dinámica y funcional anatomía del organismo vivo”, contraria a la tradicional “anatomía descriptiva del cadáver”. Con el tiempo, llegaría a ser Profesor Emérito de la URSS, Premio Lenin, miembro de la Academia de Ciencias de la República Socialista Soviética de Ucrania y Director del Museo del Proceso de la Formación del Hombre, en Jarkov, primero y único del mundo.
Boris I. Zbarski tuvo peor suerte. Graduado de médico general en la Universidad de Berna (1911), dirigió el Laboratorio de Bioquímica del Cáncer de la Academia de Ciencias Médicas de la URSS. Por su entrega total a la conservación del fiambre, recibió en vida tres Órdenes de Lenin y otras muchas condecoraciones del Estado soviético: era el médico de Dios. Sin embargo, tanto medallero en el pecho no fue escudo suficiente y, en 1952, su brillante trayectoria de embalsamador se frenó a punta de bayoneta. En el final de su feroz dictatura, Stalin decidió cobrarle algún pendiente y Boris fue arrestado por la KGB bajo la disparatada acusación de ser “espía alemán” y “nacionalista judío”. Felix Dzerzhinsky hubiera encontrado mejores excusas para confinarlo a los basureros humanos de Siberia. Si Boris no se pudrió bajo la nieve fue porque antes a Stalin lo dejaron morir de descuidada apoplejía, pues nadie hizo mucho para que no se le detuviera el corazón a las 22 horas 10 minutos del 5 de marzo de 1953.
Desde 1934, el talentoso Ilia Zbarski, de 21 años de edad, hijo de Boris, se había sumado al equipo de embalsamadores, y todavía se ocupaba de Lenin a los ochenta y ocho, cuando un periodista español consiguió entrevistarlo en el nevado Moscú de 2001. “Ahora la momia soy yo”, dijo risueño. Ilia Zbarski es quien recuerda aquel lejano encuentro de Felix Dzerzhinsky con su padre y el profesor Vorobiov. Ellos cargarían con el muerto. Ese mismo día, bajaron al sótano, entre guardias armados. Lo abrieron —respetuosamente. Lo vaciaron, con permiso del Partido: le extrajeron los pulmones, el hígado, los riñones y el bazo. Lo lavaron por dentro. Sólo entonces lo sumergieron en una bañera de caucho colmada del elixir secreto: glicerina y acetato de potasio, agua y cloro de quinina. En las cuencas de los ojos le incrustaron dos bolas de cristal. El puño de la mano derecha se lo dejaron cerrado: así lo tenía, ya muerto, el día de su muerte. Desde 1941, la mano izquierda es de plástico: un material de gran realismo socialista. Le cosieron los labios por debajo del bigote. La momia apenas conserva cuarta parte de sus tejidos originales. Los sastres del Kremlin le cambian el traje cada dos veranos. Lleva 138 años en este lado mundo. Una vez a la semana, le peinan la pelusa del cabello.
Publicado en Milenio
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