20 nov 2008

La momia (parte I)

La momia (parte I)

Eliseo Alberto

20 Noviembre 2008

El domingo 24 de mayo de 1924, Nadiezhda Krúpskaya, viuda de Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin, entregó en las oficinas del Comité Central del Partido Comunista de Rusia, en el Kremlin, las notas que su difunto marido dictó a una taquígrafa discreta. Lo hizo en voz baja, casi mudo, debilitado, moribundo pero aún en aceptable dominio de sus facultades mentales. Dicen que a la enlutada mujer no le temblaban las manos al confiarle los documentos al camarada Iósif Stalin, aunque le humeaban los dedos. Nadiezhda sabía que estaba activando una bomba de tiempo: algún día estallaría y su onda expansiva sacudiría “la Sexta Parte del Mundo”, como entonces llamaban al enorme imperio de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Los juicios del Gran Líder del Proletariado debieron ser discutidos en XIII Congreso del Partido (23 de diciembre de 1922-4 de enero de 1923). Sin embargo, esos apuntes (registrados bajo el rótulo de “El testamento”) fueron celosamente guardados en una caja fuerte, dentro de otra caja fuerte, como muñeca Matriuska, hasta la primavera de 1956, cuando los comunistas reunidos en el XX Congreso del PCUS se enteraron, por fin, que el Comisario de los Comisarios desconfiaba de casi todos sus colaboradores más cercanos, hasta el punto de dudar a quién debería entregar las riendas de la Gloriosa Revolución de Octubre.

Aquella tarde de mayo, tres meses después de la muerte de su esposo, Nadiezhda se atrevió a recordarles a sus camaradas que Uliánov le había dicho muchas veces que no quería mausoleos en su honor. No soportaba la idea de sentirse permanentemente expuesto ante la curiosidad de los peregrinos. En el fondo, era un hombre tímido. Por el contrario, deseaba descansar en el cementerio de Vólkovskoye, San Petersburgo, junto a su madre, la bondadosa María Alexandrovna, y el querido Alexander, el mayor de sus hermanos, ahorcado el 8 de mayo de 1887 por haber participado en una conspiración contra la vida del zar. Allí estaría como en casa. Stalin la escuchó en silencio, con atención, y prometió tener en cuenta ese justo reclamo. Pero no.

No iba a perder esa oportunidad, caída del cielo. Necesitaba un centinela en medio de la Plaza Roja, un soldado dormido que pudiera despertar de entre los muertos y asumir el mando en algún momento de crisis. Necesitaba un Dios. Menos que menos cuando, horas más tarde, leyó a solas el “Testamento” de su Jefe y supo lo que el astuto, malagradecido, peligrosísimo Lenin pensaba de ellos.

“El camarada Stalin, convertido en secretario general, ha concentrado en sus manos un poder ilimitado, y no estoy seguro de que siempre sepa utilizarlo con la suficiente prudencia. Por otra parte, el camarada Trotsky, como ya lo demostró (…), no se destaca sólo por sus capacidades eminentes. Personalmente tal vez sea el hombre más capaz del actual Comité Central, pero también es presuntuoso en exceso y se apasiona demasiado por los aspectos puramente administrativos del trabajo. (…) Stalin es demasiado grosero, y este defecto, perfectamente tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros los comunistas, se torna intolerable en las funciones de secretario general. Por tanto, propongo a los camaradas que reflexionen sobre el modo de desplazar a Stalin de ese cargo y de nombrar a otra persona que tenga sobre el camarada Stalin una sola ventaja: la de ser más tolerante, más leal, más cortés y más atento para con los camaradas, de un humor menos caprichoso, etcétera (…) Bujarin no es sólo el teórico mis valioso y destacado del partido, sino que además es considerado, merecidamente, el preferido de todos; sin embargo, sus conceptos teóricos, sólo pueden ser considerados de todo punto de vista marxistas con la mayor reserva porque hay en él algo de escolástico (no ha estudiado nunca y pienso que jamás ha entendido del todo la dialéctica)”.

Stalin tuvo en cuenta esas advertencias. Nicolai Bujarin fue detenido y fusilado el 13 de marzo de 1938 por su oposición a la Clase Obrera, acusado de planear un golpe de Estado. A León Trotsky lo mató en México: por órdenes suyas, el 20 de agosto de 1940 Ramón Mercader le clavó un piolet en la cabeza.

Cuando Nadiezhda se retiró del Kremlin, Lenin ya llevaba insepulto cincuenta días, expuesto en la Sala de las Columnas, y comenzaba a dar signos de deterioro. Trotski y Bujarin se oponían a la momificación del líder. Stalin y Felix Dzerzhinski defendían la tesis contraria. El académico Alexey Abrikosov, prestigioso embalsamador, le había inyectado en la aorta seis litros de alcohol, formol y glicerina, pero el cadáver se descomponía al paso de las horas. Lenin envejecía en su ataúd. “Que el muerto no se siga muriendo”, ordenó Stalin.

Ochenta y cuatro años después, Uliánov es un muñeco sin ventrílocuo. Pesa 50 kilos de trapo. Le sigue creciendo el cabello —ya no las uñas. (Continuará)

Publicado en Milenio

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