26 nov 2008

Tocada y fuga

Tocada y fuga
Jorge Alcocer V
25 noviembre 2008


Contra la opinión común, los hechos demuestran que el sistema de partidos en México ha gozado de una relativa estabilidad, al menos durante los años transcurridos desde la creación del PRD (1989), partido que además acaba de mostrarnos, como en un laboratorio, la dinámica que hace que sus moléculas se mantengan unidas, cuando muchos estaban esperando el cisma que habría de arrojar a Andrés Manuel López Obrador y sus discípulos en los brazos de Convergencia o el PT.


Visto en retrospectiva, la etapa de divisiones partidistas forma parte del pasado, comprende los años previos a los de la alternancia. No es que después todo haya sido coser y cantar; hubo y sigue habiendo rupturas y fugas, cambios de chaqueta, incluso renta de legisladores, pero esos hechos, y quienes en ellos han estado involucrados, no pusieron en riesgo la unidad básica de los partidos. Se trató de decisiones personales, del manejo de intereses y expectativas por parte de esa nueva especie, aparecida hace años en la fauna política mexicana: los candidatos profesionales, que van de un partido a otro buscando un lugar, o cuando menos alguna chamba.

A veces se olvida que la fundación del PRD fue el punto de llegada de un proceso de unidad que inició con la creación de la Coalición de Izquierda (1979) encabezada por el PCM, continuó con la desaparición de este último, para dar origen al PSUM (1981), que en 1986 se fusionó con el PMT para dar lugar al PMS, que en 1989 entregó registro y patrimonio a los disidentes salidos del PRI en 1987. Durante su primer año de vida, el PRD vio salir de sus filas a algunos de sus fundadores, provenientes tanto del PSUM como del PRI.

Hasta 1996 el PRD estaba lejos de constituir un imán para quienes, en ruptura con el partido de su original pertenencia, buscaban nuevas veredas para concretar sus aspiraciones de ocupar algún cargo de elección popular; es cierto que a nivel local, y en algunos casos para elecciones federales, el nuevo partido fue particularmente generoso con quienes rompían con el PRI, pero, salvo excepciones, se trataba de casos explicables por coyunturas específicas y condiciones locales. Sin embargo, las cosas empezaron a cambiar a partir de 1997.

En este punto es pertinente introducir al escenario al PRI, que después del cisma de 1987 y el shock de 1988 logró una relativa estabilización interna, bajo la dirección de Luis Donaldo Colosio y gracias al desfogue que representó la XIV asamblea nacional. La otra cara de la moneda de las fugas al PRD eran las deserciones en el PRI, que desde entonces empezó a padecer por la conducta oportunista del partido del sol azteca, dedicado a cachar todo lo que saliera de las filas del tricolor, pues en su propio Jordán, hasta los más pecadores quedaban limpios de culpa. Sólo que la acumulación de fugados se convirtió, pasado un corto tiempo, en patrón de conducta para quienes, fracasados en su pretensión de ser postulados candidatos del tricolor, de la noche a la mañana descubrían "profundas diferencias" con el hasta entonces partido de sus amores.

Los casos de Zacatecas y Baja California Sur, en donde el PRD postuló a priistas fugados el día previo al de su registro como flamantes candidatos a gobernador, se convirtieron en paradigma, pues en los dos casos los fugados resultaron victoriosos. En el Distrito Federal, en 1997, el grupo articulado en torno al ex regente Manuel Camacho cruzó el Rubicón y realizó una alianza con el PRD, encabezado entonces por Andrés Manuel López Obrador, cuya apertura y generosidad hacia los conversos provenientes del tricolor no tenía precedente, y apenas empezaba.

El resultado de las elecciones federales de 1997, año en que por vez primera el PRI perdió la mayoría en la Cámara de Diputados, reforzó la tendencia a utilizar al PRD como una opción para la tocata y fuga. El arribo de Cárdenas al gobierno del Distrito Federal amplió las posibilidades de acomodo, pero no sería sino hasta la candidatura presidencial de López Obrador que la fuga por goteo del PRI hacia el PRD alcanzó su punto clímax, y también de quiebre. Nunca antes el PRD había entregado tantas candidaturas ni confiado tan importantes responsabilidades a personajes recién llegados a sus filas -es decir, recién salidos del PRI- como bajo el liderazgo que el tabasqueño alcanzó en los meses previos y durante los de su candidatura presidencial.

Dos años después, el fenómeno parece a punto de revertirse. El PRD ha dejado de ser refugio. El radicalismo cuesta y llegó el momento de pagar la cuenta. No será extraño que en los meses siguientes contemplemos el regreso de algunos hijos pródigos a la casa que los vio crecer.

Publicado en Reforma

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