2 ene 2009

La Revolución Cubana

La Revolución Cubana

Carlos Tello Díaz

2 Enero 09

El 2 de enero de 1959 Fidel Castro proclamó el triunfo de la Revolución desde el balcón del ayuntamiento de Santiago de Cuba. Y entonces comenzó el recorrido de la isla, que culminó una semana después con su entrada triunfal en La Habana. Hace ya medio siglo de eso. Pero los orígenes de la Revolución son todavía más viejos, tan viejos como los automóviles utilizados por los seguidores de Fidel en el ataque al Cuartel Moncada, exhibidos en el Museo de la Revolución. Es como si en México estuviera hoy en el poder un grupo que hubiera iniciado su lucha en tiempos del presidente Miguel Alemán.

El mundo fue cautivado por una revolución que tuvo desde el inicio una vocación internacionalista. Desde Francia, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir viajaron hasta La Habana, donde fue puesta en escena La puta respetuosa. “Es mi mejor puta”, diría Sartre. Desde Francia llegó también Régis Debray, un joven que publicó ¿Revolución en la revolución?, el ensayo que proponía como ejemplo —para tragedia de las guerrillas de Latinoamérica— la estrategia de la Revolución Cubana. Tentativas foquistas empezaron desde entonces a surgir y fracasar en países tan distintos como Guatemala, Colombia, Perú, Bolivia, Venezuela y Argentina.

La relación de México con Cuba fue menos romántica que la de Francia. Estaba basada en el interés común. Ambos países eran gobernados por sistemas no democráticos —uno de partido hegemónico, otro de partido único— que basaban su legitimidad, no en el voto, sino en un mito fundador: su pasado revolucionario, la lucha armada que culminó, respectivamente, en 1917 y 1959. Ambos países compartían además una misma geografía política: eran vecinos de Estados Unidos, lo que hizo que desde el comienzo la relación entre los dos fuera en realidad un ménage à trois.

Unidos por el mito fundador de la Revolución y por su vecindad conflictiva con la potencia del Norte, ambos países tuvieron una relación que fue doblemente excepcional: México no rompió con Cuba y Cuba no intervino en México. La excepcionalidad de su relación tuvo para los dos un impacto importante: los mexicanos no conocieron jamás el trauma de la insurrección y la represión, y los cubanos no quedaron nunca totalmente aislados en Latinoamérica. Hacia fines de los noventa, sin embargo, y de forma explícita a partir de 2001, los pilares de la política exterior de México —no intervención y autodeterminación de los pueblos— comenzaron a ser sustituidos por otros principios —la lucha por la democracia y la defensa de los derechos humanos— que, junto con su alianza estratégica con Estados Unidos, socavaron las bases de los vínculos históricos que el país tenía con Cuba. Así, con la transición a la democracia en México llegó a su fin la relación especial que durante nueve lustros mantuvieron los gobiernos de la Revolución Mexicana con el régimen de la Revolución Cubana.

¿Cuál es la relación ahora, luego del acercamiento que ocurrió este año? México no tiene ni puede tener ya, pues los incentivos están ausentes, una política de solidaridad activa con el régimen de la Revolución. Pero tampoco quiere alinearse pasivamente como antes, pues no le conviene, a la política de agresión de Estados Unidos hacia Cuba. Son los polos entre los que se debate la nueva política exterior, que busca el modelo que le permita fundar una agenda bilateral acorde con sus principios y sus intereses y que sea a la vez aceptada sin ambigüedades por el gobierno de Cuba.

Publicado en Milenio

1 comentario:

Anónimo dijo...

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