Joel Ortega
29-05-10
Hay miles de estampas de Pedro López Díaz en mi memoria, pero la sabiduría de María Eugenia Romero consigue retratarlo magistralmente: Pedrito vivió como quiso. Rechazaba a una sociedad podrida, envilecida y mezquina. Al modo de Epicuro despreciaba a una cultura capaz de sacrificar a Sócrates por medio de la cicuta, sentenciado por herejía y corrupción a los jóvenes.
Pedro estudiaba en Ciencias Políticas y sobre todo era un cinéfilo apasionado, cuando militaba en la Juventud Comunista y en el Partido Estudiantil Socialista junto con el tío Walter Ortiz, la guapa Eva Lourdes, Alejandro Mújica Montoya, Gilberto Calderón y muchos otros cuates que se reunían en la cafetería atendidos por el singular Tacho, de impecable filipina.
Su precaria condición económica (verdadero misterio, puesto que tenía parientes de la élite michoacana) lo llevaba a encerrarse en las oficinas del PCM, en las calles de Tabasco, para agenciarse de una máquina de escribir y poder hacer sus trabajos.
Quizá eso propició que los jefes del Comité Central le propusieran ir a estudiar a Moscú a la Universidad de Amistad con los Pueblos, Patricio Lumumba. En 1968 me lo topé en Sofía, Bulgaria, adonde llegó como parte del grupo de Teatro que presentaba Silencio Pollos Pelones y donde junto a Pedro actuaban Humberto Monteón y el abuelo, además la Burbu presentó el ballet La Muerte del Cisne, aplicando sus dotes de bailarina potenciadas por la técnica del Bolshoi que la trasmitía Bárbara Petrovna.
Una tarde calurosa y con varios tarros de Piba (cerveza) de por medio, Pedro me convenció de irme a la Lumumba, cuestión que él siempre negó. El hecho es que casi dos años después llegamos Jorge Meléndez y yo a su komnata: “Qué chingaos, hacen aquí”.
Cuando Pedro regresó de Moscú, se convirtió en profesor de la Escuela Nacional de Economía y el 10 de junio de 1971 los halcones le rompieron varias costillas, cuando él candorosamente creyó que era un contingente de prepa porque llegaron gritando Che, Che Guevara y le dieron un tremendo trancazo con un kendo.
En su departamento de Torres Adalid, Pedro reunió a una bola de intelectuales para apoyar a su paisano Cuauhtémoc Cárdenas, ello más su amistad con Talamantes lo convirtieron en el diputado más sui géneris habido y por haber, llegaba con su atuendo provocador de jeans y tenis de colores.
Estoy seguro que era una rara avis, salió de la Cámara más pobre de como entró.
Pedro fue un outsider genuino.
Publicado en Milenio
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