Héctor Aguilar Camín
26-07-10
Hay quien lamenta que alianzas electorales como las más recientes diluyan las fronteras ideológicas de los partidos políticos de México. La verdad esas fronteras ideológicas no son claras ni han preocupado gran cosa a los partidos en los últimos años. Su verdadera preocupación han sido las elecciones y el acceso al poder.
¿Qué queda del linaje doctrinario del PAN? Algunas creencias morales en torno a temas como el aborto.
¿Qué queda de los antiguos credos de las izquierdas? Un castrochavismo en retirada que defiende en sordina al régimen cubano pero no lo propone como proyecto de nada.
¿Qué queda del nacionalismo revolucionario priista? La herencia más dura de pelar: pirámides de intereses sindicales, burocráticos y empresariales enquistados en los aparatos y los presupuestos del Estado.
Las diferencias de antaño son descalificaciones heredadas más que verdaderos contrastes de ideas o programas.
Según tales herencias pavlovianas, la derecha que representa el PAN es mocha e hipócrita, el centro representado por el PRI es corrupto y corporativo, la izquierda representada por el PRD es criptopriista y populista.
Pero las ideas de los partidos apenas cuentan en el debate público. Sus programas duermen el sueño de la letra muerta en estatutos y reglamentos partidarios que nadie discute ni lee.
Para la ciudadanía puede no ser tan mala noticia que sus partidos sean pragmáticos antes que ideológicos, electoreros antes que principistas.
A querer o no, conforme se diluyen las ideologías partidarias, los hechos políticos de cada día van constituyendo un espectro común de discursos y estilos de gobierno.
El espectro común diluye los extremos, las franjas ultras de cada partido van quedando fuera del juego y se fija por default un espacio considerable de acuerdos en lo fundamental que comparten todas las fuerzas políticas.
El acuerdo vigente es poco ambicioso, muy inferior al de los cambios que exige el país, pero es efectivo, como lo demuestra el hecho de que los gobiernos de distintos partidos se parecen bastante entre sí.
Ese acuerdo de cómo y para qué se gobierna es una garantía para los ciudadanos de que no habrá virajes catastróficos en la elección de uno u otro partido gobernante. Es un piso de estabilidad y predecibilidad democrática.
También es el aviso de que los cambios de fondo que requiere el país llegarán poco a poco, no de un golpe, de un sexenio para otro, cosa que por un lado desespera, pero por otro tranquiliza.
Publicado en Milenio
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