19 dic. 2010

Alianza presidencial PAN-PRD: ¿desafío de la congruencia?

Alán Arias Marín

¿Tiene sentido el acuerdo de Calderón con Ebrard-Camacho para competir —unidos— el PAN (del Presidente) y el PRD (de Los Chuchos y Ebrard) contra el PRI, hasta el momento hegemonizado por Peña Nieto? ¿Quién le teme a Peña Nieto? ¿Quién le teme a AMLO? Ese embrollo político, de muy difícil digestión para los mexicanos, es susceptible de desafiar eso que en política solía llamarse congruencia.

¿Le importa a Ebrard la congruencia? Ese tránsito ríspido del PRI —mano derecha de Camacho— al Partido de Centro Democrático (¿se acuerdan?), candidato a gobernar al DF, que en buen momento renuncia para —más simbólica que realmente— dar el espaldarazo a la candidatura de AMLO (problematizado su triunfo por Creel, al amparo de la ola azul pro-foxista que había entusiasmado a tanto mexicano y mexicana bienpensante y hasta de izquierda). ¿Le importa a algún político la congruencia? ¿Existe como valor político?

En verdad, las preguntas abruman, muchas y enredadas, como aquella vieja cuadratura buscándole al círculo. En las pasadas elecciones para gobernador experimentaron en varios estados y les funcionó en tres. Tres y de polendas; entidades priistas de cepa y sin alternancia.

La alternancia, esa dama rapaz y capaz de tantas seducciones... Con la bandera de la alternancia, esa emoción convertida en argumento, ganaron Oaxaca (con el privilegiado y bien querido —por todos hasta ahora— Cué), Puebla (contra el “maldito” Marín y a favor de la “bienaventurada” Elba Esther); en Sinaloa (Malova puesto para demostrar que para que la cuña apriete ha de ser del mismo palo). No obstante, con perdón de las superiores estrategias, las historias de esas elecciones son locales; obedecen a sus variables específicas estatales y locales, como lo son, ya casi siempre, las elecciones de medio término, articuladas con los comicios federales intermedios que quedan determinados por la inercia local y, con ello y por eso, contribuyen al fortalecimiento de la nueva variable de poder nacional que son los gobernadores. No pasar por alto que, si bien esos triunfos tienen significados políticos cruciales, el PAN —no obstante el triunfo mediático por derrotar al PRI— disminuyó 3 puntos y su intención de voto actual es de sólo 16%.

El cuento de una alianza de ese PAN y ese PRD para derrotar al PRI comenzó como imaginería desbocada, rumores sueltos, las consabidas filtraciones; por supuesto, de inmediato, la referencia a un pacto secreto —en lo oscurito—, maquiavelismo rústico: Calderón, Camacho y Ebrard (¡ah! y Ortega) habrían pactado una alianza para las elecciones presidenciales de 2012. Todos unidos contra Peña Nieto. Juan Ramón de la Fuente, como el idóneo candidato ciudadano de opción múltiple para la presidencial o si no, en tándem con Marcelo Ebrard, para la jefatura de Gobierno del Distrito Federal; todo mientras y si se logra decantar la candidatura de Ebrard como un político profesional —nada menos Salinas dixit— a fuer de ser transpartidista.

Aceptemos sin conceder que Calderón logra controlar al PAN (Creel, Espino, Yunques, Patricias y demás…), que Ebrard y Ortega al PRD (sólo hay que domeñar a AMLO, Bejarano, los batres, quinteros y una larga serie de jefes duros y “puros”); ¿ajustan los cálculos? Los datos de la encuestas no dan. La intención de voto del PRD es de sólo 11%, pero AMLO tiene 16% (sólo Peña Nieto y él han subido, no obstante cuenta con muchos negativos).

Contra los datos y contra todo, Ebrard está obligado por su vocación de político profesional (tomemos weberianamente en serio el asunto), dotado de una cuota suficiente de pragmatismo, de apostar por la alianza. Ha jugado con elegancia, igual que AMLO, al respeto mutuo, han diferido más allá de cualquier expectativa el encontronazo que daría (¿dará?) al traste, en el corto y mediano plazos, a eso que todavía denominamos “izquierda”, pero tiene que jugarla aquí y ahora. Aún si AMLO (la “izquierda no puede ni con él ni sin él… como en la canción de U2) es “el mejor posicionado (en las encuestas entre perredistas y simpatizantes)” —que hoy por hoy lo es: 9.6% frente aun 3.6% de Ebrard (Mitofsky)—, por eso el recurso para complementar el criterio del mejor posicionado con el debate (y así, la sibilina respuesta de AMLO, de que ya la ciudadanía decidirá…).

No hay duda de que AMLO será candidato, si no de la izquierda unida, sí del PT y muy probablemente de Convergencia (cuestión de ganancias efectivas). La posibilidad (incluso con probabilidades reales) de que Ebrard sea presidente pasa por la alianza con el PAN del presidente Calderón. Curiosamente no hay en esa jugada incongruencia; se trataría de la reedición —reloaded— del proyecto de bloque “centro-progresista”, acuñada por Camacho cuando era ideólogo de Salinas (la reminiscencia de esa estrategia en otra entrega…).

Publicado en Milenio

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