17 dic. 2010

La dictadura de la minoría

Marco Provencio

17-12-10

Como toda palabra que se usa con frecuencia sin entender su significado práctico, real, “consenso” es una palabra peligrosa, tramposa, truculenta. En apariencia deseable, en el fondo la palabra tradicionalmente implica aceptar sin más la dictadura de la minoría. Basta con que alguien se oponga a la opinión de todos los demás para que argumente que no hay consenso, si bien por particular que sea ésta se trata de sólo una de las acepciones del término según el diccionario de la Real Academia Española. Esta lo define como “asenso, consentimiento (nótese la importancia de la coma que sigue al término ‘consentimiento’; ojo abogados), y más particularmente el de todas las personas que componen una corporación”. ¿Se puede decir que hay “más consenso” cuando más partes están de acuerdo en algo? Sí. ¿Se requiere la unanimidad de todos para que exista el “consenso”? No.

Lo anterior viene a cuento ahora que “el defensor de los pueblos del mundo y de la madre tierra”, y presidente de esa gran nación que es Bolivia, Evo Morales, ha decidido promocionarse a escala internacional mediante la interposición de un recurso legal ante la Corte Internacional de Justicia en La Haya para invalidar los acuerdos en materia ambiental alcanzados en días pasados en Cancún. Sabe que fracasará en su intento, lo cual no le preocupa, pues en realidad no busca lo que dice buscar.

Todo empezó a inicios de este año cuando tras el fiasco de la 15ª reunión de la Conferencia de las Partes (COP-15), en Copenhague, el presidente boliviano vio una veta política y convocó a la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra. En abril, ésta reunió en Cochabamba a cerca de 20 mil altermundistas, los otrora globalifóbicos, de donde salió la Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra, misma que señala los derechos de ésta y las obligaciones de todos los demás para con ella.

Es difícil tener algo en contra de la “madre tierra… como fuente de vida, alimento, enseñanza y proveedora de todo lo que necesitamos para ‘vivir bien’ (nótese el término usado)”. El resto de generalidades y buenas intenciones que componen la declaración (junto con algunas, literalmente, expresiones fumadas), son propias de un himno de esperanza escrito por un poeta de la generación de los 60 y no de algo cercano siquiera a un programa de política pública. Evo, sin embargo, el autonombrado “embajador de los pueblos del mundo”, vino a Cancún a convencer al resto de los gobiernos presentes que suscribieran la declaración de los derechos de la madre tierra y a olvidarse de lo demás. El mundo no funciona así. Lástima Evo.

Con un poco de sentido común y cuando menos un dedo de frente, cualquiera puede darse cuenta que una discusión entre 194 personas puede ser complicada. Imaginémosla ahora si se trata de 194 representantes de ese número de países. Más aún, ¿alguien se imagina un club de redacción de 194 miembros? Bolivia primero se retiró de las negociaciones en Cancún aduciendo que el grupo informal de redacción ¡era de sólo 50 miembros! Después argumentó a través de su negociador y embajador ante la ONU, Pedro Solón, que no tenía miedo de estar aislada y quedarse sola, lo que no deja de ser curioso siendo uno de los pocos países en el mundo, cómo decirlo, aislado del “padre mar”.

Más tarde, Evo argumentó que algunas “potencias mundiales” no hayan entendido la posición de su país en la conferencia de la ONU, con lo cual indirectamente ha llevado al rango de “potencia” al resto de naciones del planeta, todas las cuales tampoco le entendieron, pues se pronunciaron a favor de los acuerdos de Cancún. Se quejó de guerra sucia, de que no se creara el “tribunal internacional de justicia climática” (¿?) ni se reconocieran, evidentemente, los derechos de la “madre tierra”. Acusó a los países pobres de “haberse vendido por plata”; a los países ricos por haber incorporado “mecanismos de mercado” en los instrumentos de mitigación del problema climático; y a todos por no reconocer que ésta ya no es “… una simple lucha... de clases, sino una lucha planetaria” (¿?).

En fin, el caso Evo genera líneas ágatas, algunos apoyos, risas o expresiones de pena. En cualquier caso, en nada desmerece un trabajo ejemplar de la diplomacia mexicana, la que “se fajó los pantalones”, empezando por su titular, y el resto de un experimentado equipo de negociadores multilaterales que demostró estar a la altura con el resultado de los “Acuerdos de Cancún” (siguiente entrega).

Publicado en Milenio

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