13 ene. 2011

Con EU o con América Latina

Jorge Castañeda

13-01-11

En "Un futuro para México", publicado hace un año, Héctor Aguilar Camín y yo planteamos la disyuntiva del lugar de México en el mundo: parte de América del Norte, o parte de América Latina. A lo largo de un año de discusiones en todo el país, cuyo contenido resumimos ahora en Regreso al futuro, que publica Punto de Lectura la semana entrante, tratamos de explicar por qué en el mundo real la hipótesis de hacer ambas cosas -mirar hacia el norte y hacia el sur- no es posible. Quisiera ofrecer un ejemplo de este dilema con un tema internacional poco importante para México, pero emblemático.

El 13 de febrero se celebra en Lima la III Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de América del Sur y Países Árabes (ASPA) convocada por Brasil, a la que acudirá una treintena de países. Ahí seguramente se va a dar el reconocimiento del Estado Palestino como tal, con fronteras definidas por la llamada Línea Verde, correspondientes a la ribera occidental del Río Jordán y Gaza, de antes de la guerra de junio de 1967. Tal reconocimiento será sobre todo simbólico ya que la Autoridad Palestina existe desde hace varios años y es reconocida como un semi-Estado (con una policía, una legislatura, elecciones, estatuto de Estado observador permanente en la ONU y una capital: Ramallah; incluso México abrió una oficina de representación en Ramallah desde 2005). Pero este reconocimiento de la Cumbre, que tal vez se trasladará a la Asamblea General de la ONU y sería votado por mayoría de los miembros, no tendrá traducción en el terreno. Estados Unidos e Israel aceptan el principio de la existencia de dos Estados: uno en Israel y otro en los territorios ocupados y Gaza, desde hace más de 10 años. Pero mientras no se negocie el estatuto de Jerusalén oriental y el canje de las zonas colonizadas por Israel a cambio de territorio palestino equivalente no existirá el segundo Estado: el Estado palestino.

México no se ha definido: la Cancillería aún no se pronuncia a pesar de la insistencia de los árabes, palestinos y sudamericanos en un sentido, y de la reticencia de EU e Israel en el otro. De fondo, lo lógico sería que México también reconociera formalmente al Estado palestino, estableciendo plenas relaciones diplomáticas, quizá sin pronunciarse sobre las fronteras exactas, siguiendo lo que ha hecho Chile. Hacia allá vamos, es lo correcto y estaríamos en relativamente buena compañía. Pero por otro lado, Israel y Estados Unidos (ya no Bush sino Obama, ya no Rice sino Clinton) han expresado su malestar con este tipo de reconocimientos, y sobre todo con su traslado a la Asamblea General, al considerar, probablemente con razón, que no ayuda a la negociación. Fortalece a los sectores palestinos más radicales (sobre todo Hamas), y a los sectores israelíes también más radicales (sobre todo la derecha del Likud, Avigdor Lieberman y los ortodoxos extremistas).

De ahí el dilema para México: no podemos quedar bien con melón y con sandía. En ninguno de los casos es el fin del mundo. Si nos abstenemos de dar el paso, los sudamericanos harán muecas y ya; a los palestinos y árabes les importamos poco; y ellos a nosotros, igual. Si rechazamos las atentas notas de Washington y nos alineamos con Itamaraty (Brasil echó a andar todo esto el año pasado), Estados Unidos no va a declararnos la guerra. Pero habrá sin duda norteamericanos que, al igual que en 1975 con el inolvidable e incomprensible voto de Echeverría y Rabasa a favor de la definición del sionismo como una forma de racismo, se preguntarán cuál es la lógica de "brindar" tanta ayuda a México y a Calderón en su guerra contra el narco, si cuando Estados Unidos a su vez pide apoyo, México no lo da. Y habrá paisanos, tanto en México como en Estados Unidos, que se preguntarán: ¿realmente desde 1947 no hemos aprendido nada los mexicanos? Conviene recordarlo: México se abstuvo de votar, junto con cinco países latinoamericanos, la resolución de la ONU que creó el Estado de Israel.

Publicado en Reforma

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