22 feb. 2011

Licencia de AMLO

Ricardo Monreal Ávila

22-02-11

La licencia política de AMLO al PRD, para ausentarse de manera temporal de esta organización, es la consecuencia natural de las reiteradas y sistemáticas licencias partidarias promovidas por la actual dirigencia nacional para ir en alianza con el PAN. Aquélla no se explica sin éstas.

La política de alianzas siempre ha marcado un punto de inflexión en las organizaciones de izquierda, en cualquier parte del planeta. Sea que se encuentre en la oposición o en el mismo ejercicio de gobierno, el tema de “los compañeros de viaje” suelen marcar puntos de deslinde y desencuentros entre la izquierda.

Tres ejes guían los debates y las decisiones en este aspecto: la identidad, el programa de gobierno y la acumulación de fuerzas propias. ¿Cómo avanzar en lo electoral, sin perder identidad (el tema del pragmatismo)? ¿Cómo diferenciarse en el gobierno del resto de las opciones similares (el tema del reformismo)? ¿Hasta dónde aliarme con los de enfrente, sin liarme con los de casa (el tema del oportunismo)?

Es importante destacar que el tema de las alianzas como política de partido es una patente de las izquierdas. Si alguna corriente ha teorizado y practicado de manera sistemática este recurso, es precisamente la que se denomina la “izquierda”, como pensamiento universal que propone la igualdad, la justicia y la democracia en contraposición a la desigualdad social, la inequidad y el autoritarismo. Pero la política de alianzas que impulsa es, por regla general, entre pares, y casi nunca entre nones ideológicos o contrapuestos políticos. Por ello, las alianzas que de manera natural y lógica debería impulsar el PRD son con sus pares, PT y Convergencia, y no con sus antípodas.

Con estas consideraciones previas, es importante evaluar ahora la política de alianzas con sus opuestos que ha seguido hasta el momento el PRD, la principal organización de la izquierda mexicana. Desde 1999, cuando se dio la primera alianza exitosa PAN-PRD en Nayarit, el único estimulo para impulsar estas aleaciones ha sido sacar al PRI de los gobiernos locales o impedir su regreso a ellos. Eso suena bien en lo inmediato, pero en el mediano y largo plazos no se reporta ningún otro beneficio tangible para la izquierda ni para la ciudadanía.

Por ejemplo, en los gobiernos aliancistas del pasado y del presente no hay programas de gobierno que recojan las demandas más sentidas de la izquierda, como son el combate a la pobreza extrema, el castigo a la corrupción, el acceso de los jóvenes a la educación superior, una seguridad social universal y una política integral de seguridad ciudadana, sin enfoques preponderantemente policiales o punitivos.

Desde ese año y hasta el día de hoy, ninguno de los gobiernos aliancistas se ha traducido en un beneficio tangible y diferente para los ciudadanos, los municipios o estados donde las alianzas se vuelven gobierno. Simplemente ha habido un cambio de siglas y de personas, pero no de designio político ni de políticas de gobierno.

La pugna que sostienen actualmente el PRI y el PAN por el poder político, no es precisamente una lucha ciudadana. Es una pugna entre dos versiones de una misma derecha, o un enfrentamiento entre mafias, similar a la que sostienen los cárteles de la delincuencia en el país. Por ello la izquierda no debería meterse en medio, porque al final se desdibuja y sale perdiendo.

La izquierda avanzaría más deslindándose de esta pugna propia de la derecha política que sumándose pasivamente a una de sus partes. Su papel no es ser comparsa de alguno de esos partidos de la oligarquía, sino construir una opción diferente a la del PRI y el PAN. En otros términos, su función no es apuntalar el bipartidismo conservador que alientan PRI y PAN, sino edificar una alternativa ciudadana, popular e independiente, que represente un cambio verdadero desde la izquierda.

Adicionalmente, parece olvidarse que en 2006 el PAN se alió con el PRI para impedir que la izquierda accediera al poder mediante las urnas. Con ello, ambos partidos mostraron su verdadero talante autoritario. Hoy el PAN quiere hacer lo mismo, pero en alianza con el PRD, su anterior víctima política. Esto no se llama aliancismo democrático, sino masoquismo político. Y no es precisamente un avance ciudadano, sino una enfermedad de la partidocracia.

Se argumenta que las alianzas del PRD con el PAN son tácticas coyunturales y transitorias. A estas alturas se debería tener bien claro que no hay estrategias correctas a partir de tácticas equivocadas. Aliarse de manera subordinada al PAN es una de estas tácticas erróneas, donde la izquierda pierde más que lo gana: pierde identidad política, presencia social y simpatía ciudadana, que son la verdadera fuerza de un partido político. En este sentido, la licencia de AMLO no debe causar extrañeza. Es un acto de congruencia política personal largamente anunciado.

Publicado en Milenio

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