6 mar. 2011

AMLO vs Ebrard: ¿viaje al fin de la “izquierda”?

Alán Arias Marín

06-03-11


El núcleo centro-progresista teorizado por Camacho y cuyo adalid es Ebrard replantea las alianzas y considera al PRI y a la izquierda social de AMLO residuales; pese a graves inconsecuencias, mantiene la pertinencia pragmática de la alianza con PAN y gobierno.

El conflicto irresoluble e inaplazable entre AMLO y Ebrard conduce a la división de la “izquierda”, a su devaluación electoral y, por ende, a un empobrecimiento material e ideológico de la democracia. ¡Uff! ¿Es cierto el silogismo o es correcto el sofisma? (Hay que aprovechar porque las próximas generaciones pensarán que tales terminajos son insultos, toda vez la prohibición de SEP para enseñar de filosofía…).

En México hablamos de la “izquierda” como un ente metafísico. Deconstruimos involuntariamente su significado, lo reducimos a parafernalia electoral, le atribuimos sustancia y suponemos erróneamente que posee aptitudes de comportamiento estratégico. El merequetengue que la evoca —embrollo es demasiado racional— comienza por la incomprensión del término y el mal uso que hacen de él políticos e intelectuales, incluso y mayormente, aquellos que se precian de su adscripción de izquierda.

La palabra izquierda es adjetivo, no sustantivo. No se puede hablar de la izquierda como de una realidad en sí misma; donde PRD, PT y/o Convergencia (u otros conjuntos de sus capas geológicas más radicales como EZLN, La otra campaña y movimientos de furia como Atenco o La Parota; o EPR, ERPI y la pléyade de organizaciones que adhieren a la lucha armada) fueran sus emanaciones o portavoces; depositarios, propietarios o verificadores de su voz, valores e ideología.

Izquierda es también una noción de significados insuficientes en relación a otras nociones referenciales para su autodefinición, como son las ideas de revolución, socialismo o democracia. Como sea, en las jergas política y periodística la oposición izquierda-derecha es de uso común e imprescindible; conviene, sin embargo, no encerrar el mundo político en esa alternativa, pues esa contraposición sólo es pertinente en condiciones políticas e ideológicas delimitadas y específicas.

La contraposición izquierda-derecha tiene diversas intensidades y remite a diferentes valores. Cuando la derecha era reaccionaria, nacionalista extrema y antisemita la oposición era superlativa; cuando la derecha se hizo evolucionista y la izquierda moderada la pugna perdió radicalidad. Sin embargo, en caso de peligro, la oposición es valorativamente fundamental; tal es el caso de la oposición democracia-dictadura o con mayor radicalidad la contradicción democracia-totalitarismo. Izquierda y derecha no son atributos definitivos, evidentes e intemporales; deben ser reexaminados, reformulados y reestructurados periódicamente.

El caso de la izquierda en México reclama examen histórico. Desde los tiempos de la exclusión autoritaria de la izquierda por los regímenes posrevolucionarios quedó determinado su ADN ideológico y cultural. José Revueltas lo fijó en la idea de “un proletariado sin cabeza”, la esencia proletaria carente de inteligencia y voluntad revolucionarias; cooptadas las organizaciones obreras por su pacto histórico con el régimen, el “lombardismo” absorbido por el nacionalismo de la posrevolución mexicana. La opción crítica del PCM resultó insuficiente, su estalinismo antidemocrático derivó en un afán estatista subordinado al corporativismo cardenista.

Esa supeditación originaria ha determinado su evolución posterior (comunistas, Heberto Castillo, MAP y la izquierda guerrillera distante en el método pero consecuente en el estatismo y la no democracia), asimismo, en su explosión social y electoral de 1988, pagó tributo en su fusión a la disidencia nacionalista revolucionaria del PRI (Cárdenas, Muñoz Ledo, González Guevara, hasta AMLO —vía González Pedrero, siempre a cargo de la dirigencia y candidatos de la “izquierda”) excluida del PRI y derrotada por la tendencia modernizadora y tecnocratizante (Salinas, Camacho, Colosio, Zedillo, Córdoba).

El salinismo fue quien estableció con el PAN (Castillo Peraza, Diego Fernández, Luis H. Alvarez) la primera alianza en clave de bloque dominante; se trataba de la modernización liberalizadora —económica y política— del país. Su enemigo, el bloque residual, cardenismo nacionalista y el abanico de izquierda no violenta, reticentes a la modernización aunque de reivindicaciones democráticas. El núcleo centro-progresista teorizado por Camacho y cuyo adalid político electoral es Ebrard ha perseverado y hoy replantea las alianzas como determinación estratégica; considera al PRI y a la izquierda social de AMLO en el basurero residual y esgrime, pese a graves inconsecuencias ideológicas, la pertinencia pragmática de la alianza con el PAN y el gobierno.

Esa es la apuesta en curso. Difícil decir si se trata de una opción de izquierda. También si, de acuerdo a lo que se observa, es una alternativa viable. El pesimismo se impone tercamente. AMLO será candidato a toda costa; Calderón está empeñado en el no regreso del PRI a Los Pinos, sea el de Peña Nieto, Beltrones o Ebrard.

Publicado en Milenio

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