
La izquierda: democrática e internacionalista
Jesús Ortega Martínez
10-Jun-2008
En la revista Letras Libres (No. 113) se publican las reflexiones de una mesa redonda que coordinó Ricardo Cayuela y en la cual participan cuatro importantes académicos e intelectuales. El tema es de gran importancia y de actualidad: La Izquierda y sus dilemas. En esta reflexión participan Jesús Silva-Herzog Márquez, Ugo Pipitone, Roger Bartra y José Woldenberg. Sobra decir que todos ellos han estudiado acuciosamente los procesos políticos de la izquierda y, tres de ellos, incluso, fueron militantes activos en partidos de izquierda (Ugo Pipitone en Italia y Woldenberg y Bartra en México).
En sus exposiciones develan algunos de los problemas principales que aquejan a la izquierda mexicana e impiden su pleno desarrollo como una fuerza más influyente en la vida del país. Los participantes ponen énfasis en la necesidad de que la izquierda se desprenda de “discursos” anacrónicos como el del nacionalismo revolucionario, y de visiones autoritarias. Este es un tema de gran significado y a mi parecer tienen razón. La izquierda en México durante muchos años ha elaborado su programa político amalgamando elementos del marxismo-leninismo y del nacionalismo revolucionario.
Habrá que decir que el PRD, especialmente en el origen de su programa y en el diseño de su estructura organizativa, se nutrió de esas dos columnas conceptuales y, con ellas, básicamente, ha transitado los 19 años de su vida. Resulta, sin embargo, que esas dos concepciones políticas son, frente a las nuevas realidades del mundo y del país, evidentemente anacrónicas y claramente insuficientes para explicarnos los actuales procesos sociales y políticos. El llamado marxismo-leninismo, desde donde teóricamente abrevó la mayor parte de la izquierda socialista y comunista de México, se convirtió en una religión cuyas definiciones, inmutables e incuestionables, marcaron con el signo del autoritarismo y de la dictadura a muchos de los movimientos obreros y populares del siglo XX. Esa concepción teórica y política, de que sólo mediante una “revolución violenta e insurreccional” es posible la transformación de una sociedad, penetró profundamente el pensamiento de la izquierda de nuestro país y, ahora mismo, aun después de la “caída del Muro” e incluso después del fracaso de la estrategia guerrillera en América Latina, no son pocos, de entre la izquierda mexicana, quienes creen en esa “vía para el cambio” en México.
La izquierda mexicana tiene que desechar, definitivamente, ese “fardo ideológico” y convencerse, plenamente, de que por la vía de grandes y profundas reformas, en la lucha democrática y electoral, es como podremos acceder a esos cambios por justicia e igualdad.
Igualmente, la izquierda debe modernizarse programáticamente y para ello es indispensable que se desprenda del viejo discurso del “nacionalismo revolucionario”. La izquierda mexicana tiene que entenderse en una visión mundial, reconociéndose en una indudable nueva realidad: aquella que obliga a constantes e intensas interrelaciones económicas, tecnológicas y culturales, en donde las fronteras no pueden ser ya límites que aíslan, sino espacios que unen. Un programa moderno, una propuesta política de transformaciones verdaderas, no puede plantearse regresar al pasado y tratar de aplicar fórmulas que pudieron ser útiles antes, pero hoy no responden a las actuales necesidades de nuestra nación. La izquierda debe despojarse de creencias chovinistas que nos marginan y, con imaginación y audacia, situarse como impulso de la modernización del país.
Publicado en Excélsior
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