20 jul 2008

A veinte años
Gilberto Rincón Gallardo
09-Jul-2008

Esa izquierda de 1988, a la que luego se sumarían grupos y personajes de distinta calidad y de la que saldrían otros tantos, no pudo ver colmado en las siguientes dos décadas su anhelo de unidad.

El 6 de julio, hace veinte años, nuestro país empezó un proceso de transformación que, más allá de los logros y las asignaturas pendientes que exhibe, cambió nuestra sociedad de manera indiscutible.

En efecto, el 6 de julio de 1988 se celebraron esas famosas elecciones presidenciales que marcaron un límite objetivo para la forma tradicional de hacer política en México. Los comicios de esa jornada siguen siendo hasta la fecha objeto de debate y de interpretaciones, sobre todo porque, aunque han venido apareciendo testimonios de políticos de esa época acerca de lo sucedido, no tenemos una visión completa y totalmente clara de lo que sucedió.

Personalmente, he sostenido que lo ocurrido en esas fechas fue un fraude ejecutado a toda prisa, para dar la victoria presidencial al candidato priista Carlos Salinas de Gortari, por encima de quien fue el verdadero ganador, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Quien era Presidente entonces, Miguel de la Madrid Hurtado, así como quien lo acompañaba como secretario de Gobernación, Manuel Bartlett Díaz, han dado ya su versión y han aceptado la existencia de irregularidades derivadas de la sorpresa generada por la copiosa votación del candidato del Frente Democrático Nacional, pero lo cierto es que no han reconocido abiertamente el fraude. Quienes, desde el Partido Mexicano Socialista (que vertebraba electoralmente al Frente), rechazamos ese fraude, pedíamos sólo que se limpiara la elección, es decir, que se abriera una serie de paquetes electorales que mostraban irregularidades evidentes. No lo conseguimos.

De todos modos, ese 6 de julio, junto con el agravio a la democracia, abrió un conjunto de oportunidades que, aun sin haber sido agotadas, permitieron desmontar buena parte del autoritarismo priista.

El mismo momento electoral significó un claro avance para la izquierda. Se diga lo que se diga ahora, y estemos donde estemos ahora quienes tuvimos posiciones de decisión en aquella famosa campaña, aquel fue un momento de cohesión progresista en torno a una candidatura. Muchos, como el entrañable Heberto Castillo, cedieron posiciones para abrir, con su generosidad no siempre bien apreciada, la posibilidad de un triunfo democrático en México. Si hubo desperdicio del capital político así generado, sólo podrán decirlo los ciudadanos.

Pero lo que la historia de la política sí muestra con claridad es que ningún avance es por sí mismo imperecedero. Sobre los logros del pasado tienen que construirse las instituciones del presente. Esa izquierda de 1988, a la que luego se sumarían grupos y personajes de distinta calidad y de la que saldrían otros tantos, no pudo ver colmado en las siguientes dos décadas su anhelo de unidad ni pudo ver concretada una agenda política de izquierda democrática capaz de ofrecer al país algo distinto del priismo y de sus reediciones.

Pero no es un resultado menor de lo que sucedió ese año que, aun con graves limitaciones, se pudiera marcar una ruta de construcción de instituciones electorales que hiciera de los comicios un momento más verosímil para la mayoría de los ciudadanos.

Transcurridos veinte años de ese famoso fraude, nos queda la sensación de que se desaprovecharon, es decir, que desaprovechamos, la oportunidad de reformar en serio al Estado mexicano, de eliminar las inercias autoritarias y de construir un ambiente político similar al de esas naciones en transición, como España, que tanto llamaban nuestra atención desde entonces.

Publicado en Excélsior

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