Reforma Pemex; tiempos y estrategias
Alan Arias Marin
26 octubre 08
Una reforma de Pemex, notoriamente distinta al proyecto inicial del presidente Calderón, habrá de aprobarse —no sin incidentes significativos en el Legislativo y en la lucha de masas— en la semana que comienza. Impotente en la perspectiva técnico-financiera; penosamente presentable para la mirada político estratégica (la apoteosis de lo posible o la flor de la concordia en el pantano de las diferencias). La reforma en vías de realización, así como el forcejeo político que ha supuesto, parte de una crisis inédita y grave del país y del Estado (tridimensional: económica, de seguridad y violencia, así como de anomia política del gobierno y las instituciones), cierran un ciclo del proceso político; marcan el compás del medio término del gobierno, disponen a la fuerzas políticas a las elecciones-2009 (diputación federal, nueve gubernaturas, Congresos locales y numerosos municipios). Crucial en la resolución “positiva” de la reforma fue el posicionamiento partidista determinado por el cálculo electoral. No es asunto menor, toda vez que otro fracaso de la capacidad de autocorrección reformista del sistema conduciría a un alto abstencionismo, déficit de legitimidad y disfunciones mayores de gobernabilidad; agravamiento de la crisis del Estado a niveles no asimilables de entropía y descomposición sistémicas. Establecer mínimas condiciones de confianza a los electores será decisivo, dado el divorcio y desprecio mutuo entre sociedad civil y sociedad política. Así las cosas, las cúpulas partidistas estructuran el sentido de su presencia política para el año próximo; se trata de ofertar genéricamente una imagen de plausibilidad competitiva para 2009. El polo gobierno-PAN, que logra avanzar en la sucesión de reformas —ISSSTE, fiscal, electoral, judicial y Pemex— por más que la falta de proyectos sustantivos y la resignación posibilista haya producido reformas enanas, de escaso porvenir, atentatorias —muchas de ellas— de las libertades ciudadanas y restrictivas —otras— de la requerida expansión democratizadora. El PRI, estructurado en torno a sus gobernadores y al liderazgo legislativo, sin asumir ningún compromiso de autorrenovación ideológica, organizativa o programática, apuesta al deterioro ostensible de sus adversarios y vende la imagen del gozne que posibilita las reformas y garantiza estabilidad y continuidad al sistema. El control político de sus gobernadores y el aparato electoral implantado a nivel nacional auguran un fortalecimiento del PRI, eventualmente como la primera fuerza electoral y en la Cámara de Diputados. El polo más afectado en la prolongada escaramuza petrolera ha sido el PRD. En esta compleja e inestable fuerza política incide el movimiento opositor a la privatización del petróleo, no obstante su peculiaridad sustantiva radique en ser un movimiento político de masas que apunta a la toma del poder y que ha operado con eficacia como oposición semileal: un pie en las instituciones —FAP, representación legislativa y un par de gubernaturas— el otro pie pateándolas al demonio. La difícil dialéctica parece haberse decantado y desgastado, dada la fuerte división entre la corriente “moderada-institucional” (mayoritaria en el aparato burocrático y en la representación congresional) y la tendencia vinculada al movimiento de masas y su líder. La escisión parece inevitable en el mediano plazo, la escala 2009 será decisiva: ¿quiénes son de verdad Los Chuchos en la contienda electoral?, ¿qué tantos espacios le serán concedidos por el PRD a AMLO, la corriente de Encinas y aliados como Bejarano et al?, ¿tendrá fuerza propia Ebrard para un deslinde que no desdibuje su gobierno y dé al traste con sus posibilidades presidenciales? La gran diferencia estratégica radica en el tempo; mientras para todos el objetivo es 2009, el horizonte de AMLO es 2012. Efectivamente aislado y disminuido —hoy por hoy una minoría activa y disciplinada de masas, sometido a una fuerte ofensiva de descalificación mediática— al mantenerse como férreo opositor al gobierno y el establishment (absurdo pensarlo celebrando con Ortega, Graco y Navarrete), AMLO y su movimiento serán polo de atracción del descontento social. Crisis económica, desempleo, devaluación, inflación, carestía; violencia de alto grado y nula percepción de éxito en el conflicto armado con el narcotráfico; así como aislamiento de los partidos y anomia de la política institucional, prefiguran serias tensiones sociales dada la baja capacidad para procesar conflictos y disenso (criminalización de la protesta, patético García Luna mostrando el alcance de sus aptitudes de mando), son el espacio de otra fase de acumulación de fuerza, bajo premisas menos radicales, más propositivas, susceptibles de mutar en programa electoral (Convergencia y PT como paraguas partidistas). Al tiempo.
Publicado en Milenio
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