28 nov 2008

¿El fin del capitalismo?


¿El fin del capitalismo?
Carlos Elizondo Mayer-Serra
28 Noviembre 2008

¿Si Bush anda como López Portillo nacionalizando bancos no es una señal incuestionable de que el mundo ya cambió y de que el capitalismo va de salida? ¿No es una contradicción inexcusable que un gobierno de derecha rompa sus dogmas de libre mercado y evite la bancarrota de quienes debieran quebrar por haber tomado riesgos excesivos o simplemente mal administrado su negocio?


Para un marxista que se quedó en los textos de su maestro Karl, lo esperable y deseable era ver que las contradicciones del capitalismo lo hicieran estallar. La quiebra de las automotrices y del sistema bancario, corolario de los excesos del capitalismo salvaje, debería ser el comienzo del fin de un modelo incapaz de dotar de empleo y seguridad a amplios segmentos de la población. Sin embargo, si las predicciones de Marx no se cumplieron es porque desde hace décadas el Estado, tarde o temprano, interviene cuando el mercado falla de forma importante. En otras palabras, un gobierno de derecha prefiere asumir la contradicción de intervenir y rescatar la economía a respetar la ideología y observar cómo las contradicciones del capitalismo llevan a millones de personas a la quiebra o al desempleo.

En una crisis tan severa como ésta, que ha mostrado graves fallas en el mercado, las intervenciones gubernamentales explican que no haya quebrado el sistema bancario de la mayor parte del mundo desarrollado. Algunas de las empresas en el sector tienen tal proporción de capital proveniente del gobierno de Estados Unidos que por momentos parece que Bush se inspiró en Chávez.

Sin embargo, es un error pensar que existe alguna similitud entre las políticas de ambos presidentes. La inyección de capital ha sido voluntaria para las instituciones financieras. Es decir, la pueden rechazar si prefieren enfrentar por sí mismas la crisis. Sin embargo, por más requisitos que involucre el dinero público, las empresas aceptan el dinero porque es mejor que irse a la quiebra. La administración de las instituciones rescatadas no ha cambiado y siguen siendo empresas privadas que elegirán, si lo desean, nuevos directores. Si las empresas intervenidas se recuperan, como es lo más probable, podrán pagar de regreso el capital prestado por el gobierno.

Como dijo Keynes, hay que salvar al capitalismo de los capitalistas. Lo que estamos viendo es un activo esfuerzo del gobierno por rescatar al capitalismo, aunque por momentos este esfuerzo sea errático, discrecional y contradictorio (¿por qué a Lehman sí se le dejó morir y a Citi no?). El rescate es caro fiscalmente y opuesto a la retórica liberal dominante hasta hace poco, pero mucho más barato que simplemente ver cómo se ajustan los mercados dejando en la bancarrota a las miles de víctimas involuntarias del capitalismo. Los gobiernos ya vieron esa película después de la crisis financiera de 1929 y ya saben las terribles consecuencias que implica.

Quienes pensaban que Obama sería algo así como el santo socialdemócrata que le daría un giro de fondo al capitalismo anglosajón se van a decepcionar. Su equipo económico está formado por ex funcionarios de la era de Clinton bastante ortodoxos, aunque serán más proclives a regular que antes. La propia población (60 por ciento, según la última encuesta de Gallup) afirma que el gobierno entrante debe preocuparse más por regular que por rescatar a las instituciones financieras.

Parafraseando nuevamente a Keynes, cuando los acontecimientos cambian se cambian las políticas. Durante algún tiempo habrá más Estado, como ya lo hay en materia bursátil, como consecuencia de la crisis de Enron de hace unos años. Como sucedió en el pasado, veremos con el tiempo que el gobierno también falla por exceso de regulación o mala administración en los activos que controla y es entonces cuando el ciclo vendrá de regreso. En el camino, espero, esta mayor intervención servirá para enfrentar las profundas desigualdades que dejó el modelo desregulador.

Para México el reto es aprender de los errores de regulación en el sector financiero que se vieron tanto en el modelo más liberal de Estados Unidos y Gran Bretaña como en el más intervencionista de Alemania, pero no curiosamente en el de Canadá o España que optaron por mayor prudencia. México está lejos de ser un país desregulado y con poca intervención estatal que ahora le toca regular más y ampliar su sector público.

La crisis muestra el daño que hacen los excesos ideológicos, pero no hay que olvidar que todas las ideologías hacen daño, tanto las liberales como las estatistas extremas. Los países que la están librando mejor son los que fueron pragmáticos y con agencias regulatorias fuertes, pero acotadas. Si más Estado significa hacer crecer nuestro sobre-regulado e ineficiente gobierno, es mejor no hacer nada. Si más Estado es regular sólo lo importante y de manera adecuada, asegurando que nadie quede fuera del brazo regulador del gobierno por estar bien conectado, bien organizado, o en posibilidades de ampararse, si más Estado implica tener una administración pública más efectiva, aunque obligue a hacer trabajar más a los burócratas consentidos, entonces sí es el momento de repensar cómo podemos aprender de la crisis para tener un gobierno más capaz de regular adecuadamente.

Publicado en Reforma

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