23 ene. 2011

¿Adónde va el PRD?

Federico Berrueto

23 de enero de 2011

Los partidos se deben a la causa que inspira su creación. En la izquierda no sólo ha habido oportunismo, sino casos de grosera corrupción. Por ello la fuerza que tiene López Obrador para el futuro de este sector va más allá de un objetivo electoral: es llevar al partido a los propósitos originarios del PRD, y por esta razón la candidatura de Encinas es una decisión fundamental.

La izquierda ha estado a punto de ganar el poder por la vía de los votos: 1988 con Cuauhtémoc Cárdenas y 2006 con Andrés Manuel López Obrador. En ambos casos perdió a la mala; Cárdenas tuvo que enfrentar una elección de Estado, con todo lo que implica; López Obrador, la resistencia de la oligarquía y el intervencionismo ilegal del presidente Fox. Como siempre, la derecha antidemocrática invoca razón moral cuando se trata de derrotar autoritariamente al adversario ideológico. Lo acontecido allí está y el agravio se ha vuelto una herida profunda para el país y la izquierda.

De López Obrador debe reconocerse su tozudez, su persistencia en la lucha. Debe saber que el resultado de 2006 se dio por la indolencia o la traición de correligionarios en los estados que gobernaba el PRD, a la vez que la coordinación de la campaña con Jesús Ortega y el PRD a cargo de Leonel Cota (ahora candidato a la presidencia municipal de Los Cabos por el Panal) no vigilaron las casillas en las zonas de la derecha cristera como Guanajuato, Querétaro y Jalisco, donde hubo elecciones locales concurrentes.

Cabe destacar que la parcialidad no vino de la radio y de la tv, tampoco del IFE, a quienes se las cobraron, sino del gobierno federal y, particularmente, del presidente Fox. La elección debió haberse anulado. Ahora el país camina con el pesado fardo del rencor de los derrotados, la inseguridad de quienes gobiernan, la desconfianza de los ganadores y el chantaje de los usufructuarios de un país polarizado por un mal desenlace electoral.

AMLO hizo que el PRD ganara de manera arrolladora el DF y significó que los partidos que lo postularan obtuvieran una posición de relieve en las Cámaras federales. Marcelo Ebrard ha gobernado razonablemente bien la Ciudad de México; sin embargo, su pasado y presente no le dan para disputar la candidatura a López Obrador. No es cuestión de encuestas, sino de historia personal. La incongruencia es el antecedente y su efecto, el apoyo a alianzas con enemigos o la promoción de candidatos que son negación de la izquierda, como ocurre con Ángel Aguirre en Guerrero.

Los partidos se deben a la causa que inspira su creación. En la izquierda no sólo ha habido oportunismo, sino casos de grosera corrupción en gobiernos estatales como los de Amalia García en Zacatecas y Narciso Agúndez en Baja California Sur, o municipales, como Greg Sánchez en Cancún o Félix Salgado Macedonio en Acapulco. Por ello la fuerza que tiene López Obrador para el futuro de la izquierda va más allá de un objetivo electoral. Es llevar al partido a los propósitos originarios del PRD; por esta razón la candidatura de Alejandro Encinas ha sido una definición fundamental sobre el futuro político de la izquierda.

En este sentido la distancia entre Encinas, prospecto de candidato de AMLO al Estado de México, respecto de Ángel Aguirre, candidato de Ebrard a Guerrero, ilustra la diferencia que hay entre los dos aspirantes a la candidatura presidencial. El diálogo telefónico obtenido por ilegal espionaje entre Ángel Aguirre y la senadora zacatecana Claudia Corichi, hija de la ex gobernadora García, los presenta tal cual son. El escándalo no sólo son los 100 locos zacatecanos que ganarían las casillas más complicadas de Acapulco, sino la reiterada solicitud de “libros y dulces” en una cifrada alusión a los dineros que deben tener como origen el desfalco del que fue objeto el estado de Zacatecas durante la gestión pasada. Es una inversión, el candidato aludido promete regresarlos para, en su momento, hacerla gobernadora. El dinero es el que manda, no los votos.

La promoción del senador priista Ángel Aguirre a la candidatura del PRD a Guerrero es un caso más de oportunismo electoral; la de Alejandro Encinas es un acto de congruencia elemental, incluso a costa de una eventual ventaja electoral por una alianza o un candidato “ciudadano”. El PRD con Encinas ganará aunque pierda la elección; en el caso de Aguirre el PRD perdió desde el momento mismo en que postuló no sólo un candidato ajeno, sino a un enemigo, quien los persiguió cuando estaba en el poder.

Efectivamente, para un partido político, para un proyecto nacional, hay peores derrotas que la de una elección. Perder el rumbo, el sentido de la lucha de origen por un incierto triunfo electoral es la debacle. El dilema del PRD sobre la candidatura presidencial no debiera existir. La competitividad no puede resolverse a costa de la lucha fundacional del PRD, por ello seleccionar candidato por encuesta es un absurdo mayor, a pesar de que a AMLO le favorecieran las intenciones de voto de sus correligionarios. Lázaro Cárdenas, Alejandro Encinas, Gabino Cué o AMLO, quien sea, pero la candidatura presidencial debe servir al PRD más allá del resultado electoral.

Publicado en Milenio


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