20 jul 2008

La izquierda no soy yo

René Avilés Fabila
06-Jul-2008

Nunca he escuchado tanto el término izquierda. Diariamente alguien (residuo del lamentable PRI, fanático de AMLO o pésimo lector de periódicos), sin la menor idea, se refiere a este concepto seguramente flexible, ya ambiguo y capaz de tolerar la opinión de cualquier necio.

Hace unos ocho años, por propuesta del filósofo mexicano Leopoldo Zea, fui invitado a formar parte de la Société Europénne De Culture, cuyo presidente honorario era el notable pensador italiano Norberto Bobbio. Acudí, entre otras cosas, pensando ilusionado que podría conocerlo. Me interesaba saber su opinión sobre los cambios políticos luego de la caída del bloque soviético y qué significaba la izquierda en ese nuevo contexto, cuál era su papel. Mi formación fue la de un marxista-leninista en una época en que el mundo parecía globalizarse en rojo. Esto es, pertenecía yo al comunismo histórico, donde la rigidez, el autoritarismo y el sectarismo jugaron un papel deformador y poco democrático. Mi sentido del humor y admiración por la literatura me salvaron de caer en la trampa del dogmatismo, tal como narro en mi libro Memorias de un comunista. Además, estaba convencido, luego de la lectura de los clásicos del marxismo, que Lenin había hecho una revolución torciendo el pensamiento de Marx. Previsto para naciones altamente desarrolladas, la revolución “proletaria” se llevó a cabo en países atrasados, Rusia y China incluidos, donde apenas había obreros. Fue, para uno, formado por personas como Juan de la Cabada, José Revueltas, Vicente Lombardo Toledano, y españoles como el poeta Juan Rejano, que llegaron luego del fracaso de la República, una tragedia. Pero si se quería un cambio serio, profundo, no había otra posibilidad que intentar la hazaña. Fue chistoso ver cómo mis compañeros de escuela hacían fortuna al amparo del sistema, mientras yo me desgañitaba repitiendo las ideas de Lenin y Guevara y peleaba contra el PRI y el PAN.

Si mal no recuerdo, ingresé a la Juventud Comunista con menos de 20 años de edad. Tenía para la causa un defecto o dos: era crítico y muy abierto al grado de ser calificado por algunos camaradas de maoísta, padecer “desviaciones capitalistas” (me encanta vestir bien) y, más adelante, me señalaron como simpatizante de Trotsky y tan en serio se tomaron la “acusación” que Ricardo Pascoe, entonces sindicalista y miembro de la Cuarta Internacional, me invitó a que saliera del PC y militara en su organización.

Nunca estuve en ningún otro partido que no fuera el comunista. Cuando en lugar de modificar su estructura e ideario se suicidó (carecía de alternativa), me concentré en la academia, la literatura y el periodismo cultural. Después, Cuauhtémoc Cárdenas formó el PRD y fui invitado a formar parte del grupo organizador por conducto de Adolfo Gilly. No. Ya había pagado mi cuota de militancia. Allí se hablaba de izquierda pero con moderación y distancia, no era fácil que personas que venían del PRI y de turbias luchas sociales, de pronto, como por arte de magia, fueran la Izquierda (así, con mayúscula). De esta manera llegamos hasta López Obrador y Marcelo Ebrard, uno formado en el PRI de Echeverría, otro en el de Salinas. Para ese momento la política estaba tan envilecida que ser acusado de derecha era el menos grave de los insultos. Una turba de auténticos rufianes se convirtió en la izquierda. Ninguno quiere cambiar el rostro del país, desean con vehemencia hacerse ricos y tener poder. Carecen de un proyecto ideológico serio, inteligente; hablan vaguedades y su demagogia los ha llevado a decirnos que en un país donde todo, absolutamente todo, le pertenece a los particulares, el petróleo debe ser estatal. Eso es lo revolucionario. Personalmente sigo creyendo que el Estado tiene que ejercer el control de los medios de producción, pero no veo la forma de obligarlo a ello, es una tarea imposible. La globalización, y México está dentro del proceso, marcha contra los vestigios de tal causa que se desprestigió enormemente. La izquierda real (que existe fuera del PRD) deberá buscar otra forma de hacerle justicia a la sociedad.

La carencia de ideas, de estadistas, nos ha llevado a creerle a cualquier demagogo iletrado que dice ser salvador de la patria. Quien no está de acuerdo con el PRD, es de derecha. Si la izquierda es López Obrador, cuyo egocentrismo y demencia lo obligan a compararse con Cristo y a verse crucificado por la reacción; si la forman el niño burgués Ebrard, los pillos René Bejarano, Alejandro Encinas, Carlos Ímaz, Guillermo Sánchez Torres, Francisco Chíguil, El Pino o Joel Ortega; si para ser izquierdista hay que sumarse a una de las mafias del PRD, de acuerdo, no soy de izquierda ni quiero serlo. La corrupción no se me da, tampoco el populismo. Soy un simple escritor de literatura que los invita a la presentación de su novela El amor intangible en el Palacio de Bellas Artes, hoy a las 12:00 horas. Es todo. Me rindo. No manden más correos acusándome de derechista porque ahora soy anarquista. Vale.

Publicado en Excélsior

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