LA IZQUIERDA QUE NECESITAMOS
Roberto Blancarte
8 de julio de 2008
Finalmente, aunque de manera tímida, estaría apareciendo el espíritu de autocrítica en la izquierda mexicana. Que Leonel Cota haya admitido, después de dos años, que los errores internos en la campaña presidencial de López Obrador fueron un factor detonante de su derrota, es por un lado esperanzador y por el otro preocupante. El reconocimiento de que uno de los errores más graves en la campaña fue la centralización de la estructura electoral, lo cual habría llevado a la construcción de una estructura paralela alrededor de AMLO, en lugar de un aparato para vigilar las elecciones, significa la admisión de algo que siempre se supo, es decir, que el candidato presidencial del PRD no supo utilizar la estructura del mismo, y más bien ignoró a la militancia con experiencia, a la cual pretendió suplantar con seguidores incondicionales, externos a dicha estructura; y que todo eso se hizo con lujo de soberbia y personalismo. En suma, Cota nos dijo lo que ya sabíamos, pero que la dirigencia partidista se negó a reconocer: que López Obrador perdió las elecciones por sus propios errores y su muy particular forma de conducir la campaña. No sólo eso, sino que, como prueba de la incondicionalidad de muchos –ver la nota de Liliana Padilla en MILENIO de ayer– miembros de esa propia estructura desplazada, el Congreso Nacional del PRD habría pactado silenciar esos errores cometidos, “desde las fallas en la estructura electoral hasta el desdén a alianzas amplias con sectores sociales y empresariales”. Nos enteramos, por ejemplo, que dicho congreso eliminó los resolutivos que denunciaban los errores en una política de alianzas que fue “incongruente y en ocasiones sectaria”, cosa que también ya se sabía.
No hay peor ciego que el que no quiere ver. Pero todos vimos, en efecto, el desdén que el entonces candidato tuvo hacia amplios sectores de la población, porque pensó que no los necesitaba para ganar: clases medias, empresarios, izquierda crítica, cuauhtemistas, etcétera, etcétera. En más de una ocasión he platicado con perredistas de distintas partes del país, quienes vieron con asombro, tristeza e indignación cómo el candidato presidencial se impuso. El final de la campaña presidencial de 2006 fue una muestra de la soberbia de un candidato que pensó que con encuestas manipuladas podría ganar una elección. Y lo relativo a la política de alianzas sectaria es también muy claro: López Obrador nunca quiso recibir a los dirigentes de Alternativa Socialdemócrata porque pensó que no necesitaba sus votos. Al final, fueron esos puntos de un partido de izquierda los que le hicieron falta para ganar. Pero la actitud del entonces candidato fue entonces la misma que ha tenido hasta ahora: sectaria, antidemocrática, soberbia, prepotente, personalista, caudillista, mesiánica e intolerante.
Que el “presidente legítimo” siga ensimismado en su propio mundo, no me extraña. Lo que era preocupante (lo que sigue siendo preocupante) es que tantos de sus seguidores, miembros de esa estructura partidista a la que él despreció, continúan encubriendo sus faltas. Lo cual denota algo todavía más inquietante: la ausencia de una izquierda crítica y autocrítica. El ex presidente del partido Leonel Cota se tardó dos años en reconocer los errores de López Obrador. Todavía falta que reconozca los suyos, entre ellos el haberle permitido operar como lo hizo. Los miembros del Congreso Nacional del PRD actuaron como en las mejores épocas de la Guerra Fría, porque admitir sus errores era darle la razón y por lo tanto armas al enemigo. Todos sabemos que eso no sirvió más que para ocultar las barbaridades, atropellos y atrocidades del llamado socialismo real. Y se supone que esa era una lección que la izquierda democrática había ya aprendido y superado desde finales de los años 70 del siglo pasado, por lo menos entre las corrientes eurocomunistas. Así que ese congreso todavía tiene una tarea por hacer. Porque si no se comienza por admitir los propios errores, no se puede avanzar. La democracia en un partido y en un país no avanza ocultando las cosas, creando la imagen de personas que nunca se equivocan, porque nunca se pueden equivocar: son dioses o semidioses.
La izquierda que necesitamos es entonces una izquierda de humanos, de hombres y mujeres de carne y hueso, que admiten que se equivocan y que logran, por lo mismo, superar sus errores y avanzar en sus propios planteamientos. Una izquierda humana, por excelencia es una izquierda de ciudadanos y una izquierda tolerante. No está por encima del pueblo para dictarle la verdad, pero tampoco lo mitifica para servirse de él. Así, “el pueblo bueno” no existe, como tampoco existe el “líder bueno”. Está “el pueblo” y están los líderes. Y ninguno de ellos es bueno por naturaleza, porque la sociedad está llena de intereses y de ambiciones particulares, personales o de grupo. Una izquierda humana, hecha de hombres y mujeres que se equivocan, no puede tener, por lo tanto, dirigentes incuestionables e insustituibles, sino personajes que admiten sus errores, o que son sustituidos por no hacerlo. Sólo así se puede pensar en el triunfo de la izquierda, y en uno que valga la pena. Porque ganar para crear dioses omnipotentes, a nadie sirve.
Publicado en Milenio
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